La segunda

Leonel decide quedarse. Ve al camarero y le pide, sin necesidad de ojear el menú:

—Un par de botellas de agua, café negro, el especial de la casa. Nos trae dos bandejas con papas fritas, quesos aparte y mayonesa adicional. Las chicken tenders del menú de niños. —Ve a Layla y le pregunta—. ¿Ha probado las mini hamburguesas?

—No.

—Vale, nos trae eso y lo que ella haya pedido.

El mesero se va y la princesa quiere reírse, de verdad que sí, porque la gente suele limitarse a la hora de pedir cuando les invitan, pero el tipo frente a ella no parece entender las normas comunes de educación, y a ella le encanta.

—¿Quieres hablar o quieres silencio?

—Podemos… hacer lo que planeábamos.

—Hoy tuve un día de mierda. Mi… ¿mi compañera sexual?

—¿Wow, vamos a empezar por ahí? —pregunta, notablemente divertida.

—¿Cómo te atreves a juzgarme? —pregunta Leonel en medio de risas—. No… solo… sexo. Yo solo tenía sexo con ella, unas dos veces a la semana. Solo un mensaje de texto, todo súper bien, limpio y muy bueno. Y esta gilipollas me ha montado un pedo frente a mi madre. La pobre mujer, que me ama y me dio la vida, y siempre ha querido que me case y sea un señor de bien, me lo ha tirado en la cara: que soy un sobón, que es cierto, pero, bueno… y mi jefe me ha dicho que estoy mayor y que debería plantearme mis opciones —suelta el tipo con todo el enojo del mundo.

El camarero les pone los cafés en la mesa y ella le da un sorbo a su bebida. Los tres se miran y le dan las gracias al unísono. Leonel le pide que cierre los ojos y se lave el paladar de lo que sea que está tomando con el agua.

La invita a cerrar los ojos y respirar profundo, inhalar y exhalar. La joven obedece y sonríe. Él la mira. A pesar de todo el cascarón de mujer de mundo y elegante, es preciosa: piel bronceada, cejas gruesas pero cuidadas, pestañas naturales, labios carnosos. Es hermosa.

—Tienes que dar un sorbo pequeño, muy pequeño, y que raspe en el paladar duro. Cuando lo hagas, saborea. Intenta oler y disfrutar la temperatura y la potencia del sabor.

Una gota de café se escapa por el labio de la princesa y él la seca con uno de sus dedos. La joven abre los ojos, asustada ante el contacto masculino.

—Perdón, te asusté. Yo…

—No… esto sabe muy bueno, está caliente, perdón. Este tiene canela, tiene chocolate y algo que lo hace ahumado. Es el mismo proceso de tostado, asumo.

—¿Qué más?

—Bueno, está menos caliente de lo que me gusta. Creo fielmente que tueste medio, porque me encantó, pero tiene algo rico y ácido y algo que no sé qué es.

—Eres buena degustando —responde emocionado.

Les traen todo lo que han ordenado. Los dos se miran y ella comenta que no todo lo que pidió es para comer, sino para probar, y ahora pueden compartir.

—No eres alérgica al gluten o a esas dietas raras, ¿verdad?

—Como de todo, no sé qué son esos problemas alimenticios.

Leonel se ríe.

—Mi papá nos daba de comer lo que se le ocurriera. O sea, miraba un animal, lo mataba él mismo y nos obligaba a comer hasta las tripas. Es… un tirano.

—¿De dónde eres?

—Soy de un país pequeño, Azalam, en…

—El desierto árabe. Son liderados por una monarquía.

—Sí, ¿cómo sabes?

—Mi abuelo es… el presidente.

Ella asiente.

—Y le ayudaba con sus campañas, así que conozco a muchos gobernantes.

—Claro, tiene sentido.

—¿Entonces eres una princesa?

—Lo… soy…

—¿Cómo es tu título?

—Bueno, soy Layla, la princesa de Azalam, el Sol y el Desierto.

—Wow.

—¿Y tú?

—Soy el duodécimo en la línea de sucesión de la familia Westborn.

—¿En serio?

La verda es que no hay una línea de sucesión, pero los Westbon habían lelgado al poder una y otra vez,g anaban las eelcciones sind udaalguna tenían el respeto y el cariño del pueblo. Los hijos de su abuelo todos estaban en política, y sus nietos todos habáine studiado leyes, leonel abía elegidoun camino particular, diferente, uno más libre y de su estilo.

—No, soy… una decepción —responde con tristeza—. Se me da bien la velocidad y conduzco autos de carrera, y nadie cree que deba seguir haciéndolo. Tengo treinta y dos años. Mi familia opina que debería estar haciendo campaña o, como mínimo, ejerciendo leyes o alguna mierda. Mi empleador está a un minuto de despedirme. Soy un fraude, una decepción, una mierda.

Ella le mira divertida y le toma de la mano.

—Yo también. Soy un fraude. Una decepción. No estoy dispuesta a llamarme mierda por nada del mundo, pero así se siente mi vida.

Leonel decide quedarse, ve al camarero y le pide, sin necesidad de ojear el menú:

—Un par de botellas de agua, café negro, el especial de la casa. Nos trae dos bandejas con papas fritas, quesos aparte y mayonesa adicional. Las chicken tenders del menú de niños. —Ve a Layla y le pregunta—: ¿Ha probado las mini hamburguesas?

—No.

—Vale, nos trae eso y lo que ella haya pedido.

El mesero se va y la princesa quiere reírse, de verdad que sí, porque la gente suele limitarse a la hora de pedir cuando les invitan, pero el tipo frente a ella no parece entender las normas comunes de educación y a ella le encanta.

—¿Quieres hablar o quieres silencio?

—Podemos... hacer lo que planeábamos.

—Hoy tuve un día de mierda. Mi... ¿mi compañera sexual?

—¿Wow, vamos a empezar por ahí? —pregunta, notablemente divertida.

—¿Cómo te atreves a juzgarme? —pregunta Leonel en medio de risas—. No... solo... sexo. Yo solo tenía sexo con ella, unas dos veces a la semana. Solo un mensaje de texto, todo súper bien, limpio y muy bueno. Y esta gilipollas me ha montado un pedo frente a mi madre. La pobre mujer, que me ama y me dio la vida y siempre ha querido que me case y sea un señor de bien, me lo ha tirado en la cara: que soy un sobón, que es cierto, pero, bueno... y mi jefe me ha dicho que estoy mayor y que debería plantearme mis opciones —suelta el tipo con todo el enojo del mundo.

El camarero les pone los cafés en la mesa y ella le da un sorbo a su bebida. Los tres se miran y les dan las gracias al unísono. Leonel le pide que cierre los ojos y se lave el paladar de lo que sea que está tomando con el agua.

La invita a cerrar los ojos y respirar profundo, inhalar y exhalar. La joven obedece y sonríe; él la mira. A pesar de todo el cascarón de mujer de mundo y elegante, es preciosa: con la piel bronceada, unas cejas gruesas pero cuidadas, pestañas naturales, labios carnosos. Es hermosa.

—Tienes que dar un sorbo pequeño, muy pequeño, y que raspe en el paladar duro. Cuando lo hagas, saborea; intenta oler y disfrutar de la temperatura y la potencia del sabor.

Una gota de café se escapa por el labio de la princesa y él la seca con uno de sus dedos. La joven abre los ojos, asustada ante el contacto masculino.

—Perdón, te asusté. Yo...

—No... esto sabe muy bueno. Está caliente, perdón. Este tiene canela, tiene chocolate y algo que lo hace ahumado. Es el mismo proceso de tostado, asumo.

—¿Qué más?

—Bueno, está menos caliente de lo que me gusta. Creo fielmente que es tueste medio porque me encantó, pero tiene algo rico y ácido y algo que no sé qué es.

—Eres buena degustando —responde, emocionado.

Les traen todo lo que han ordenado. Los dos se miran y ella comenta que no todo lo que pidió es para comer, sino para probar, y ahora pueden compartir.

—No eres alérgica al gluten o esas cosas, dietas raras.

—Como de todo, no sé qué son esos problemas alimenticios.

Leonel se ríe.

—Mi papá nos daba de comer lo que se le ocurriera, o sea, miraba un animal, lo mataba él mismo y nos obligaba a comer hasta las tripas. Es... un tirano.

—¿De dónde eres?

—Soy de un país pequeño, Azalam, en...

—El desierto árabe. Son liderados por una monarquía.

—Sí, ¿cómo sabes?

—Mi abuelo es... el presidente. —Ella asiente—. Y le ayudaba con sus campañas, así que conozco a muchos gobernantes.

—Claro, tiene sentido.

—¿Entonces eres una princesa?

—Lo... soy...

—¿Cómo es tu título?

—Bueno, soy Layla, la princesa de Azalam, el sol y el desierto.

—Wow.

—¿Y tú?

—Soy el duodécimo en la línea de sucesión de la familia Westborn.

—¿En serio?

—No, soy... una decepción —responde con tristeza—. Se me da bien la velocidad y conduzco autos de carrera, y nadie cree que deba seguir haciéndolo. Tengo treinta y dos años, mi familia opina que debería estar haciendo campaña o, como mínimo, ejerciendo leyes o alguna mierda. Mi empleador está a un minuto de despedirme. Soy un fraude, una decepción, una mierda.

Ella lo mira divertida y le toma de la mano.

—Yo también. Soy un fraude. Una decepción. No estoy dispuesta a llamarme mierda por nada del mundo, pero así se siente mi vida.

—¿Quieres contármelo?

La princesa se sentía demasiado avergonzada para contar esta historia, pero Leonel insistió en que ya le había contado muchas cosas vergonzosas y se merecía un poco de honestidad. Ella sonrió divertida y le preguntó si quería la historia larga o corta.

—La que tenga más detalles. Tenemos mucho que comer —le aseguró Leonel.

Layla vio todos los platillos en la mesa. Él le pasó una papa antes de que comenzara a hablar y ella aprobó: estaba buenísima. En cuanto terminó de comérsela, le explicó al príncipe.

Ella nació para asegurar el reino en caso de un fatal incidente que acabara con la vida de su hermano. Lo que pasa es que no fue varón, lo cual marcó la primera decepción de su padre. De igual manera, Murat se las ingenió para encontrar una solución a su problema.

El rey decidió comprometer a su hija en matrimonio desde los tres años con el príncipe del reino opuesto.

—No capto: tu papá fue a otro reino. Vio a un pelado de cinco años...

—Ocho años.

—Y decidió casarte.

—Exacto, como estrategia política. Ramil y Azalam estarán unidos y el número de territorios y hombres aumenta. La idea es que traiga un bebé al mundo para formalizar la unión y después atacarían a todo aquel que se oponga a tener una nación, porque habría un heredero.

—Y tú no puedes pedir ayuda.

—Podría intentar huir, pero, donde sea que esté, mi padre y mi hermano me encontrarán. Unificar el reino es una idea que les enloquece, especialmente porque Baruk, mi hermano, se convertirá en rey.

—De todas formas, tu hermano será rey.

—Un pésimo rey.

—Eso es complicado, pero creo que tienes opciones. Mira a Hitler: fingió su muerte y así un montón de gente que no estaba de acuerdo en cumplir con las penitencias de sus actos...

—¿Quieres que finja mi muerte? —Leonel asiente y ella se ríe—. Gracias, Leonel.

—Puedes casarte con alguien más, tener relaciones y tener un bebé. Eso aumentará la furia de tu padre, pero al menos estarás haciendo algo que te guste. ¿No hay un príncipe heredero o un príncipe hermano que quiera pelear por ti?

La carcajada de Layla impresionó a Leonel. Incluso él se contagió un poco y rió como si le estuvieran contando la historia más loca del mundo. Luego la miró, intrigado, antes de preguntarle qué era lo gracioso.

—¿Tú me has visto?

—Sí, y eras muy guapa.

—Ay, por Dios.

—Mira, tienes brazos de atleta; están muy tonificados y marcados. Tienes buen busto. Una sonrisa impresionante. No niegues que te diseñaste la sonrisa. Las cejas están bien depiladas y tu melena, por el amor de Dios... Si sales desnuda y te cubres solo con el pelo, ya ganaste. Cualquiera sería afortunado de estar contigo.

Leonel la veía bien. No quería decirle que veía a más mujeres de las que debería durante un mes, pero Layla le parecía guapa, aunque siempre estuviera cubierta de ropa que la hacía parecer insignificante y pasar desapercibida. Ella lo miró agradecida por los piropos, pero insistió en que no era el prototipo para dejarlo todo.

—Estás en tu peso saludable, estás bien y ya. No todo el mundo nace pequeño y delgado, eso es una tontería.

—Estás llamándome gorda sutilmente.

—No, estás en tu constitución y eso está bien, de vez en cuando. Es la primera vez que como con una mujer que no es mi madre y que es delgada por naturaleza; así que come de todo. Pero mis hermanas... ellas decidieron no comer un montón de porquerías, mis primas se inventaron que son alérgicas al gluten, y he salido con mujeres que hacen la dieta keto, la paleo o ayunos extremos. Está bien ser normal, está bien comer esto y luego una pizza y después ir a dormir.

—¿Nunca respondes con una sola frase?

—No, cuando algo me molesta no puedo parar —respondió Leonel, pensando en algún príncipe heredero interesante.

Layla consideraba que muchos de sus problemas nacieron de su imaginación. En algún momento encontró la misma solución que Leonel: debía encontrar a un príncipe heredero de algún territorio no muy lejano, casarse y quedar embarazada de inmediato. Sus soluciones siempre incluían un embarazo; sabía que sería madre de un futuro rey sí o sí. Sin embargo, ella no logró enamorar al príncipe heredero de Tierra del Sol.

Se enamoró del hermano del príncipe, y no era un capricho: eso lo sabía su hermano y los hermanos de él. Se enamoró de alguien que no la quería, que buscaba algo complicado. Desde el principio de su relación, Elías dejó claro que eran amigos, como hermanos, y ella pensó que con el tiempo, cuando lo conociera y se enamorara tanto como ella, todo sería fácil. El amor también hay que ganárselo a veces, pensaba ella mientras recordaba que sería la esposa del príncipe del desierto.

Leonel escuchó con atención la descripción que hizo la princesa y sabía que no estaba caliente. Layla estaba muy enamorada: admiraba al hombre, lo quería, le gustaba todo de él y un poco más.

—Es un buen prospecto.

—¿Él sabe que lo amas?

—Todos en los tres reinos saben que lo amo. Él está enamorado de su mucama y no hay nada que yo pueda hacer al respecto.

—Decírselo, Layla.

—Mi mamá estaba obsesionada con mi padre, lo adoraba. Él lo sabía y decidió casarse con la princesa Violeta porque ese era el amor de su vida. Después de cuatro años de intentar ser padres y no tener éxito, sin causa alguna, mi padre desposó a la hija del jeque: mi madre. Ella creyó que siendo la mamá de los hijos del rey, algún día la amarían. Nunca pasó. Mi hermano, el primogénito, fue criado por mi padre y la mujer que lo amaba tanto como para recibirlo como suyo, y a mí… a mí me tocó quedarme en el ala de mi madre: una mujer que siempre estaba triste, sola y desesperada. Después de tener un segundo hijo y que no fuera lo que esperaba, mi padre no volvió a hablarle ni tocarle. De vez en cuando, iba a comer conmigo, me preguntaba por mi día, y cuando cumplí cinco años, mi madrastra pensó que me beneficiaría salir del país, educarme, conocer un poco… y me alejaron de ella.

—¿Qué pasó con tu madre?

—Se suicidó y nadie se dio cuenta por tres días. Fue mi hermano, Baruk, quien decidió ir a tomar el té con ella por lástima y la encontró muerta.

—Lo siento mucho.

—No voy a ser la segunda nada de nadie. Soy la segunda hija de un rey y su segunda esposa. No seré la segunda esposa de un príncipe que está perdidamente enamorado de alguien.

A Leonel le parecía impresionante la historia. A veces no sabes lo afortunado que eres de nacer en una familia o un lugar determinado. Los dos se miran y él decide evacuar una duda para bajar el humor:

—¿Cómo funciona el sexo?

—¿En qué…?

—Cuando hay una segunda esposa.

—Se toman turnos regularmente —responde con seriedad la princesa y, en un tono de voz más bajo y algo erótico, añade—: Eligen un día a la semana en el que todas las esposas se reúnen, se desnudan y tienen relaciones íntimas salvajemente. Estilo orgía, pero el placer del rey es lo más importante.

Leonel la mira divertido y los dos estallan en risas. Leonel le había creído hasta que usó la palabra “salvajemente” y una sonrisa escapó de Layla.

—¿Tienen días?

—Sí, es bastante monótono. Se supone que la primera esposa puede vetar algunas posiciones con las demás y elegir quién se encargará del marido durante sus ausencias o menstruaciones.

—¿Estás inventando de nuevo?

Leonel se lleva un puñado de las papas de Layla a la boca. Ella no puede contenerse más y pregunta:

—¿Esto es cierto, Leonel? ¿Planeas enfrentar todo esto? —pregunta, indignada, mientras lo ve comer.

—No le cuentes esto a nadie, pero cuanto más escandaloso el chisme, más ganas tengo de comer.

Layla ríe.

—Yo quiero llevarme algunas cosas empacadas. Voy a ordenarlas y no sé si te apetece caminar conmigo por la ciudad. ¿Es mucho pedir? ¿Tienes tiempo?

—¿Sabes que no puedes andar por ahí con cualquier desconocido?

—Eres un Westborn; si no lo fueras, me hubiera ido en cuanto llegaron los pedidos.

Leonel sonríe.

—Acepto con una condición.

—¿Cuál?

—Vamos a ser amigos, así que me darás tu número y yo te daré el mío, y un correo electrónico, porque pareces de las que nunca miran el celular.

Layla sonríe.

—Y siempre que vengas a Mainvillage, puedes llamarme o escribirme y, si estoy disponible, tomaremos un café y hablaremos de esas cosas que nos parecen insoportables.

—Vale, ¿eso quiere decir que podemos quedar luego?

—¿Quieres quedar?

—No... pero me gusta tener las cosas claras. Somos amigos y quieres que nos comuniquemos y pasemos el rato.

—¿Aceptas?

mainvillage

Este capítulo tiene demasiados detalles, así que ojito. Como siempre, comenta, me emociona leerlos.


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