La princesa de Alzalam


Layla no había tenido la oportunidad de elegir mucho sobre su futuro. Era la princesa perfecta, la hija del rey Murat, pero en este momento de su vida es una pieza estratégica política.

Estaba en Mainvillage de visita, arreglando unos asuntos, tratando de entender qué tantas posibilidades tenía para tomar las riendas de su vida.

Ser una princesa no es tan dulce como en los cuentos. Toda su vida consistía en seguir normas y protocolos, obedecer sin premura las órdenes del rey y de su hermano y, en cierta forma, había esperado continuamente ser rescatada por el príncipe azul.

El príncipe azul tampoco es como en los cuentos. El suyo tenía un nombre en cuestión: Elías Habib, príncipe de Tierra del Sol y el Desierto, y este le había llamado sesenta horas antes para romperle el corazón y cualquier esperanza de libertad.

El hombre llamó para contarle con alegría que iba a reencontrarse con el amor de su vida.

—Eres mi mejor amiga, casi nadie sabe esto, pero necesito contárselo a alguien y tú eres mi persona, mi mejor amiga. Me voy para Nueva York, Layla.
—¿A qué?
—Déjame hablar —pidió Elías—. Voy a reencontrarme con Nala.

La mucama.

Elías se iba a Nueva York a reencontrarse con la mucama.

Layla sintió un escalofrío en todo su cuerpo. Las manos le temblaban y, por dicha, era una llamada: no podía ver su rostro pálido ni sus ojos llenos de lágrimas. No podía sentir la vergüenza por haberse engañado durante todo ese tiempo con la idea de que él iba a reflexionar o, al menos, hacer lo que sabía que era mejor para ella.

No. Elías se iba. Y se lo contaba todo con detalle mientras Layla intentaba contenerse.

—Mi papá me ha dado un sobre, me ha puesto al día con su vida. Está en Nueva York y tenemos dos hijos, gemelos. ¿Entiendes lo afortunado que soy? Bueno, solo quería decirte yo mismo que no puedo quedar contigo esta semana…

Ella le interrumpió.

—Muchos éxitos. Felicidades por la familia. Tengo que irme, me llama Baruk.


—Te mantengo informada.


Adiós.—Respondió con prisa y se levantó de inmediato de la silla, corrió a su habitación y preparó la maleta. Organizó un vuelo y huyó de casa.

Porque cuando uno no tiene quien lo salve, tiene que correr para buscar cómo rescatarse de la realidad. Sin marido, sin padre y con un hermano tirano, su mejor opción era tener claro cuánto dinero tenía y hacia dónde ir a esconderse. Es más fácil decirlo que hacerlo.

Su hermano estaba furioso.

Contaba con que ella se casara con alguno de los príncipes de Tierra del Sol. Maximiliano había fallecido joven, un candidato menos. Kamal, el mayor y heredero del reino, se casó tan pronto como pudo con una mujer occidental. Y Baruk no le permitiría a su hermana ser la segunda esposa de nadie.

Elías, el segundo hijo del rey, ahora es padre, dejándole una única opción marital: Malik, el rey de Ramil.

Malik y Baruk son amigos y tienen claro que quieren unificar los tres reinos del desierto en uno solo, con las mismas reglas, porque el reino en medio, Azalam y Ramil, Tierra del Sol, había optado por medidas menos rígidas e inhumanas, y estaban convencidos de acabar con semejantes tendencias.

La mejor manera de unificar un reino es con un heredero. A su hermano no le bastaría con casarla. Malik y Baruk la mantendrían viva hasta que diera un heredero. ¿Pero qué pasaría después? ¿O qué pasaba si no podía darles lo que tanto querían?

Llevaba años preparándose para lo peor en su cabeza, pero no se imaginaba que recibir la llamada de Elías aceleraría eso. Trabajaba en secreto, bajo seudónimos, con ayuda de Marcela, quien había sido su asesora en el arte y también financieramente. Se conocieron mientras la mujer hacía un documental sobre los tres reinos, y ella le pidió ayuda para publicar un libro y esconder las ganancias. Desde entonces era su cómplice, su amiga indudablemente.

Marcela la esperaba junto con su contadora para que Layla supiese por primera vez cuánto dinero tenía. La joven princesa las saludó a ambas de manera muy formal.

—Antes que nada, quiero donar un 10% de mis ganancias de este año a una comunidad al sur de Azalam. Su líder se llama Caridad; ayuda a mujeres víctimas de violencia sexual. Quiero asegurarme de que tengan presupuesto para sobrevivir si estalla una guerra en Azalam. También quiero donar un 5% a los comedores de orfanatos. Necesito 2.5% en ropa y el resto en alimentos. Por último, un 5% en la población general. Hay que guardar para alimentos si estalla una guerra. La gente necesita comer, sea como sea.

—Layla, no has escuchado cuánto dinero tienes.—me recuerda Marcela.


—Me importan estas condiciones. Necesito arreglar un testamento también. Todo lo mío dónalo a causas nobles, a limpiar los desastres de mi hermano y mi padre.


—¿Layla, estás en riesgo?


—No se me ha notificado nada. Simplemente quiero estar segura. Hay rumores y lo más que puede pasar es que me case, pero no tendré oportunidad de gestionar este tipo de cosas.

—Tienes nervios de novia —comenta Marcela divertida—. ¿Elías ha dado señales de matrimonio? —pregunta, y ella la ve sorprendida y asiente. Elige omitir que no se casará nunca con él; vive la fantasía.

—Elías no va a privarte del mundo.

—Uno no elige de quién se enamora, no conoce bien a la persona. Hay que esperar lo peor en estas situaciones.

Sus historias le habían permitido vivir el romance apasionado y noble que no tenía en su vida, pero, si bien no había conseguido demasiado amor, la fortuna la perseguía. Todo lo que emprendía alcanzaba los más grandes éxitos, siempre rompía números de ventas, y eso se reflejaba en la cifra que le estaba mostrando la contadora. Podría vivir una vida muy cómoda gracias a la venta de libros, pinturas y esculturas.

Lo que le hacía falta era saber cómo huir de Baruk.

—Estoy tan emocionada por ti —reconoció Marcela—. ¿Qué te gustaría hacer?

—Estoy emocionada, pero es mucho dinero. Podemos donar más… tal vez.

—Nunca te sientas mal por tu éxito y no deshonres a Dios tirando el dinero que no sabes si necesitarás. Como bien dices, si te casas y todo sale bien, celebramos, pero si no, si necesitaras huir de una guerra o de un mal matrimonio, necesitas tu propio capital. Sé que donar no es tirar, pero soy tu apoderada financiera y no voy a permitirte donar los casi cincuenta millones de dólares que has ganado. Algún día tendrás un esposo, hijos, tienes un padre enfermo. El dinero es útil, no lo gastes todo.

—Tienes razón, pero donaré cinco millones a la causa de la señora Bradford. Me gusta mucho su trabajo.

—Hablando de ella, está organizando una fiesta y sabe que estás en el país y que has donado mucho dinero a sus causas. Quiere invitarte a una fiesta familiar para que conozcas gente. En realidad, es una fiesta enorme. Su cuñado y su esposa cumplen veinte años juntos, lo cual es un milagro porque han estado batallando contra el cáncer.

—Ah, qué fuerte.

—Sí.

—Entonces, ¿me dejas ser la madrina de la princesa? ¿Vendrás a la fiesta?

Marcela había intentado hacer que asistiera a esos eventos famosos en Mainvillage. Por no hablar de Aurora Bradford; se habían conocido hace unos años y ambas eran apasionadas del bien social y de lo que para muchos suena como una causa perdida.

—¿Como en Cenicienta? —pregunta Layla.

—Algo así. Eres preciosa y quiero que vayas guapísima y te diviertas más que nadie. En lugar de decirme que no, ¿qué te parece si lo dejamos hasta las 12:30 a. m., después de los fuegos artificiales? Podrás huir en tu carroza. Ojalá que no sea con un príncipe azul que te respete, sino con un multimillonario, salvaje en la cama y guapo.

Marcela, mientras la ve partir, le informa a su amiga en común que ambas estarán en la fiesta. Layla no tuvo que pensárselo más y decidió, esta vez, decir que sí, vivir un poco. Solo vivía cuando estaba junto a él.

Elías, príncipe del desierto y amor de su vida, estaba al otro lado del mundo conociendo a sus hijos e intentando reconciliarse con la mujer que amaba, ella necesitaba aprender a hacerse feliz a sí misma a vivir con ella y sus decisiones.

—Bueno, ¿cuándo es?

—Mañana. ¿Qué tal si descansas y vienes?

Layla aceptó, pero antes se fue a dar una vuelta por la ciudad. Mainvillage le parecía un cuento de hadas: la libertad y la tranquilidad que gozaba la gente que no estaba amarrada a una dictadura, especialmente la de su padre y actualmente la de su hermano. El mayor estaba enfermo y, desde que Baruk era rey, el miedo, el dolor y el terror se habían instaurado.

Había tantos rumores sobre su hermano que a veces temía por su propia vida, sobre todo si tomaba en cuenta que en el país vecino Malik había asesinado a toda su familia para asegurarse de ser el legítimo y único heredero del reino.

Mainvillage, además de democrático y pacifista, tenía esa combinación entre lo clásico, romántico y lo moderno que le encantaba. Ese país le gustaba mucho más que su lugar de nacimiento.

Si pudiese elegir dónde exiliarse, perfectamente lo veía haciéndolo ahí. Había estado tentada antes de pedirle a su hermano la oportunidad de ir al exilio si era necesario; se cambiaría el nombre, lo que él quisiera, con tal de estar viva, libre, lejos de las garras de Malik.

Y, de nuevo, se encontraba a sí misma resentida, dolida con Elías por abandonarla, por no pensar en ella, incluso por estar enamorado de Nala.

Entró a su cafetería favorita, que estaba en su hora de máxima afluencia. Por milagro consiguió una mesa junto a la ventana y uno de los encargados la reconoció, la miró y le ofreció su bebida favorita en tamaño gigante. La joven sonrió y dio las gracias.

—¿Le apetece algo más?

—Quiero el pastel de chocolate buenísimo con crema de café. Dame el pastel de limón y un emparedado de quesos con jamón. Dos de esos; uno es para llevar.

—¿No me guardaste la mesa? —interrumpe un hombre con una sonrisa encantadora mientras la señala.

El mesero cambia de color porque no había encontrado la manera de correr a la princesa, pero ahora tenía que explicarle al dueño que lo dejó sin el espacio que reservó desde la mañana.

Leonel y su primo habían rentado en el punto más cotizado de la ciudad, el local frente al parque más antiguo de Mainvillage, y la verdad le gustaba pensar que la ubicación lo es todo, pero lo más importante es el producto. Se habían esforzado por conseguir proveedores locales, así como su primo con algunas recetas impresionantes.

Le encantaba comer ahí en las tardes, en medio de libros, revistas y la vista de la ciudad, cuando todos tenían demasiada prisa por tomar el tren, el bus o simplemente volver a casa.

—¿Era su mesa? —pregunta la princesa.

Leonel sonríe mucho más porque está tomándole el pelo al mesero. Si está lleno, no tiene que hacer más que dar la mesa y ofrecerle un café para que siga su camino. Leonel no suele molestarse por ese tipo de cosas, pero le parece encantadora la reacción de la joven y, aparentemente, no tiene ni idea de quién es él, lo cual le divierte más.

Le da un par de golpes juguetones al mesero y le hace una seña para que siga atendiendo. Saluda a la amable joven y le asegura que no pasa nada. Ella juguetea con el rótulo de “reservado”, avergonzada, hace un amago por ponerse en pie, pero él le bloquea el camino sentándose en la banca.

Layla observa con detalle al hombre: alto, delgado, musculoso, de cabello negro e imponente, quien ha tomado asiento a su lado con total confianza y esconde el rótulo de reservado. Él extiende su mano hacia ella y le asegura:

—No pasa nada, de verdad, no pasa nada. Solo soy un colaborador y he venido a disfrutar de la tarde. Me dan un café y me voy.

Layla asumió que, por “colaborador”, era como mínimo el dueño del local. Su ropa, el aroma de su perfume y la forma de comportarse le indicaban que el joven no era cualquier persona. Todos pasaban mirándolo con cara de: “¿De verdad eres tú?”.

—Podemos compartir —propone la princesa, notablemente avergonzada por la imposición, pero animada. Levanta la mano y llama al mesero, quien ve a Leonel incrédulo por el atrevimiento—. ¿Puede traerle un café y algo de comer? ¿Qué le gustaría? Yo invito.

El joven la mira con esa sonrisa tímida y la elegancia que la rodea. Todo en ella grita dinero, clase, seriedad, lo opuesto a las mujeres con las que suele salir. Así que no se niega a la posibilidad de conocer a alguien que parece perfecta.

—Por favor, ordene algo. Si nos vamos a quedar, vamos a comer. Aquí todo es muy bueno y son tan amables conmigo.

—Sí, ¿la tratan bien?

—Sí. Ahora mi recomendación: el pastel de pavo es buenísimo, las papas fritas con sal, y trae un par de dips… Pida usted lo que guste, yo invito —insiste.

Él la ve con ternura, sonríe. La princesa se acomoda en su asiento y él extiende su mano hacia ella.

—Leonel.

—Layla —se presenta.

MAINVILLAGE

Chicas... ¿les gusta este comienzo? ¿Qué opinan de todo el drama que ya debería sospechar que se viene si leyeron "Todo por el reino"? Si no, pueden hacerlo o no porque aquí se enterarán de todo lo necesario. Las leo y desde ya GRACIAS por leer.

Para quienes no saben, soy Jade, autora de las novelas Mainvillage y esta novela está disponible de forma GRATIS en la aplicación Sueñovela (si la encuentran en otro lugar, está de forma ilegal, por favor reportar). Me encuentran en redes con más historias y anuncios, como @Mainvillage.historias o Mainvillage, no duden en seguirme y comentar a lo largo de la historia.