La condición
Layla había seguido todas las instrucciones de Marcela. Había ido temprano a que la depilaran; luego, a que le peinaran la larga melena. Con costo dejó que la peluquera atendiera la punta de su cabello y le sugirió no proponer, durante el resto de su peinado, cortar nada.
La princesa cerró los ojos y disfrutó del facial y el masaje de cuello y hombros, mientras esperaba a que su cabello cayera en ondas delicadas y suaves, que se viera más brillante, sedoso y nítido. Luego fue a su habitación de hotel, donde varios vestidos la esperaban. Eligió uno color champán, con perlas en la parte trasera y pedrería alrededor de la tela. Buscó las joyas adecuadas y se dio el lujo de rechazar la llamada de su hermano cuando iba rumbo a la fiesta.
Layla Azalam bajó de su limusina con ayuda del valet. Caminó por la alfombra roja que habían dispuesto y fue en busca de sus conocidos. Era demasiada gente. El evento social del año. Había una decoración divina y un montón de bebidas por todas partes. La mujer notó que había varias miradas puestas sobre ella y, con toda calma, pidió a uno de los meseros que le diera una copa de champán. Se alejó de la entrada despacio, pero con elegancia natural desfiló en busca de su amiga y su esposo, quienes estaban emocionados de verla.
—Ohh, te ves preciosa —dice Marcela mientras la abraza—. ¿Recuerdas a Ellis, mi marido?
—Claro, cómo olvidarlo.
—Es un gusto verla de nuevo, princesa —responde mientras le da un beso y un abrazo—. Nuestras hijas no dejan de preguntar cuándo regresará.
—Son divinas —responde la joven y toma un sorbo de la bebida—. A mí me encantaría una cita de juegos y...
Leonel ingresa con el señor Luthor de la hora, Drake y él, por una razón u otra, tenían una amistad profunda. Leonel siempre decía que Drake era el hermano que Dios no le dio, pero que merecía. En él y Ralphy tenía figuras llenas de amor, seguridad y una amistad inigualable. Que aportaban tanta compañía que se sentía inmensamente feliz al verlos cumplir un sueño; más que sus mejores amigos, sus hermanos.
Drake y Leo se habían conocido en la cuna. Sus madres, por más diferentes que eran la una de la otra, no vivían separadas. Las mejores amigas del universo. Hasta que la madre de Drake falleció, como Paulina siempre había hecho de tía, madrina y mamá, esos dos siempre habían hecho de hermanos.
Leonel se acomodó la corbata y, con el ceño fruncido, preguntó:
—¿Ya has visto a su esposa? —pregunta Leonel a su amigo.
—No. En todo el día solo hemos texteado.
—¿Qué se siente querer tanto a alguien?
—Es fabuloso —resumió Drake—. Voy a buscarte a una mujer maravillosa, a tu nivel —prometió.
Su amigo rio a carcajadas. Los hermanos de Drake se acercaron a saludarlos y conversar mientras esperaban a que la anfitriona apareciera.
Leonel se disculpa con todos cuando ve a la princesa al otro lado, conversando con Patrick y Aurora. La joven deja de prestar atención a sus acompañantes y solo lo mira a él. Leonel se ajusta el saco y se miran nerviosos.
—Buenas noches, Leonel.
—Buenas noches, princesa. ¿Cómo se encuentra?
—Layla, somos amigos —le recuerda mientras estrecha su mano.
Ella se acerca divertida y le arregla la corbata.
—¿Eres consciente de que es de noche?
—Estás muy iluminada y me confundí.
Ella se ríe y Leonel se sonroja como un adolescente.
—Vas muy guapa, Layla. Despampanante.
Leonel y Layla se sonríen el uno al otro y sus acompañantes deciden darles un poco de espacio. Parece que los dos pueden cuidarse solos.
Marcela ve a su primo lejano de pies a cabeza y se detiene unos minutos en sus ojos, para hacerle saber que ese no es el momento para una de sus niñatadas. Él asiente y le hace una seña para que se vaya. Su marido se aclara la voz y anuncia:
—Layla, iremos por una bebida. ¿Quieren algo?
—Estoy bien así, gracias. Aurora, me encantaría ponernos al día.
—A mí igual. Vamos a saludar a unas personas, pero promete que nos veremos esta semana.
La princesa sonríe.
[...]
Leonel la acompaña al exterior. Caminan por el precioso e iluminado jardín. Él le pasa su saco por los hombros y la princesa sonríe. Continúan dando vueltas por el jardín hasta encontrarse un laberinto. Uno de los de seguridad los ve entrar y les pasa una bandera por si se pierden.
Layla ni siquiera está asustada porque desde las escaleras ha encontrado la salida; de igual forma, dejó que Leonel tomara un poco el control. Los dos caminan entretenidos, viendo las flores plantadas para sorprender a los invitados, la iluminación y el mimo que requiere tener una estructura como esa en casa.
—¿Tienes tiempo mañana? —pregunta Leonel y rompe el silencio.
La princesa lo mira de frente y sonríe.
—¿Para caminar?
—Para ir a una cita.
—¿Qué pasó con ser amigos?
—Tal vez, si estás sintiendo lo que yo, te has dado cuenta de que no hemos nacido para ser amigos.
—¿Recuerdas que estoy prometida?
—¿Recuerdas que soy un Westborn? Convenceremos a tu padre, te compraré como si fueras una vaca, pagaré una dote como en las pelis. ¡Qué sé yo! Mi vida es sobre tomar riesgos. Algo se nos ocurrirá, fingir nuestra muerte, por ejemplo. Pero yo, a diferencia de ti, no voy a ir por la vida con la duda en la cabeza.
Ella pone los ojos en blanco un par de segundos y bufa.
—¿Aceptas ser valiente conmigo?
—Tengo una condición.
—Ok, suéltalo.
Ella ríe ante la expresión.
—Quiero que me beses. Aquí, en medio del laberinto, para que no se nos olvide.
Los dos ríen y Leonel no lo duda. Va por ello. La besa apasionadamente, la besa con fervor y la toma de la cintura para que sus cuerpos queden unidos al máximo, todo lo que sea permitido en público quiere tenerlo.
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