Recuerda mi nombre
Cinco meses antes
Los últimos meses los tenían al borde a ambos. Leyla estaba cerrando un negocio que iba a catapultar su carrera; si todo salía bien, sería nombrada una de las mujeres más ricas del país, tal vez del mundo. Forbes ya la había llamado para incluirla como portada.
Ella no podía más con la emoción y también estaba decidida a financiar la campaña de su novio, casarse después de las elecciones e iniciar una vida en la que, aparentemente, sus papás no pagaran por el aire que respiraba y él siquiera haciendo lo que le hacía feliz.
Leyla esperó en su habitación a Tom. Él llegó del evento tras anunciar su campaña presidencial. Ella lo esperaba en casa con una sorpresa y con buenas noticias. Los dos habían estado de acuerdo en no opacar la ocasión con cotilleos sobre su romance o que se malinterpretara como estrategia política. Tom vio el peluche, un perrito, y sonrió; ella le hizo una seña para que se acercara y él la llenó de besos, la abrazó con un oso de peluche.
Leyla quería preguntarle cuál era el plan: si esconderse toda la vida o solo un tiempo. La verdad, no quería acabar en un punto en el que tuviese que elegir.
—Tengo las correcciones del plan de campaña.
—Gracias por el detalle.
—Cualquier cosa para ti, cariño. Te amo muchísimo.
—Siempre quise un perro de verdad.
—¿Eres alérgico?
—Mis papás no querían. Luego crecí y lo paso ocupado —responde, y ella sonríe—. Te amo.
Leyla no había podido evitar, durante los últimos días que había estado sola, entender que él estaba ocupado, que ella no podía participar directamente en la campaña, pero había empezado a sentir que no había espacio en su vida tampoco.
—¿Qué va a pasar en la campaña? ¿Vas a dejarme? —Leyla se lleva una mano al pecho—. Voy a reformular: yo puedo pagar la campaña, puedo financiarte. No sé qué quieren tus papás o qué estás pensando, pero yo te doy otra opción… juntos podemos…
—Leyla, no —dice—. No pierdas tu dignidad por mí, no me lo merezco.
Esa misma noche, Leyla sacó las cosas de esa casa.
La primera semana pensó que se arreglarían.
La segunda entendió que Tom había elegido el poder sobre el amor, y eso dolía más porque es el mismo hombre que no la defendió frente a sus padres; él solo se quedó callado.
Para consuelo de Leyla, estaba por todas partes como lo que era: una empresaria exitosa.
Cinco semanas antes
El precandidato a la presidencia anuncia su compromiso con Michaela Wilson, a tan solo seis meses de relación.
Presente
Leonor suspira, luego le da la razón a su hermana.
—Sea por venganza, eres la mejor opción para este país. Ve a poner en alto nuestro apellido familiar —dice, y le guiña un ojo.
Leyla es llamada al escenario; sale tranquila, segura, saluda. La gente grita, algunos en apoyo, otros suspiran en sorpresa, pero nadie pasa de ella por los próximos minutos.
—Una contrincante de último momento: la señorita Leyla Westborn.
—Buenas tardes a todos, mi nombre es Leyla Westborn. Soy todo lo que les han contado. Soy empresaria de vocación; inicié vendiendo borradores, pulseritas hechas con hojas de cuaderno —comenta relajada—. Soy la quinta hermana de una familia rica y poderosa, pero con un sentido del deber marcado. A mí me criaron para esto; no me estoy saltando la fila. Es cierto, no he ejercido como servidora pública, pero es el ejemplo que tengo. Es real: mi madre ha tenido el amor y la pasión para dirigir Tierra del Sol en momentos de guerra, crisis y calma. Mi hermana es quien reina ahora ese bello país, así que imaginen lo difícil que ha sido tener que elegir entre lo que quiero y lo que soy.
Quiero ayudar a este país, quiero verlo retomar fuerza, mantenerlo unido y, sobre todo, devolverle su grandeza, porque creo en Mainvillage, porque toda mi energía está aquí y porque todo lo que he aprendido a lo largo de mi vida me ha permitido entender que el trabajo y el esfuerzo son las herramientas, pero la resistencia y la unidad lo son todo para triunfar.
—Leonor…
—No, le repito, mi nombre es Leyla. Es la combinación de Leonel y Layla, pero en versión mejorada. Leonor es la reina de Azalam y Tierra del Sol. Yo soy la precandidata por el partido Westborn para ostentar a la presidencia.
—Señorita Westborn, una disculpa.
—No tenga miedo, recuerde mi nombre: Leyla —señala.
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