Insisto
6 años antes
Leyla disfrutaba hacer uso de sus privilegios diplomáticos; el problema es que uno no puede ser siempre la pesada que para el tráfico porque tiene que ir a la universidad y va tarde.
En su lugar, era la pesada que llegaba mil horas antes a la universidad. Eso le dio tiempo de ir por café y darse cuenta de que no había metido los lentes de contacto en la bolsa; tampoco tenía los lentes de repuesto.
Se encontró con una de sus compañeras; ella aparecía emocionada por la visita del diputado. Había hecho un trabajo intachable durante las últimas inundaciones en Senvillage, por no hablar de las medidas ecológicas que había estado impulsando para el país.
Leyla entendía que todo es una competencia y que, al final, él solo quería ser presidente, como la mayoría de hombres en ese país. Pero a él le gustaba llegar temprano también.
Los dos se miraron en cuanto entró al aula. Ella supo de inmediato quién era; él quedó intrigado ante la mezcla de belleza. Estaba teniendo una mañana de mierda, pero pensó que si tuviese que ver a los ojos a esa chica por el resto de su vida, tal vez no sería nada difícil o estresante. Él le hizo una seña emocionado para que ingresara; ella fingió que se había equivocado de aula y volvió a salir.
Tom corrió fuera del salón y sonrió al encontrarla escondida detrás de la columna de la puerta. Leyla se tomó el tiempo de observar que esa no era la sonrisa presidencial, sino la de hermano de en medio que siempre se sale con la suya.
—Soy Tom Hadkings —señaló su bolsa—. ¿Traes un computador?
Ella asiente.
—Yo no traje el mío.
Leyla asiente de nuevo y él se anima a acercarse.
—¿Hablas?
—Sí, pero ¿qué quieres que te diga? ¿Que soy más organizada, más responsable que tú, más joven?
Él se ríe; ella también.
—¿Quieres que te lo venda o te lo regalo?
Él se ríe aún más.
—Puedes ser una buena persona y prestármelo.
—¿Qué gano a cambio?
—Eres joven pero universitaria; eso indica que necesitas comida. ¿Qué tal si te ganas un uno a uno conmigo? Evacúas todas las dudas de mi sistema y te ganas un desayuno.
Leyla ríe porque parecía que ese uno a uno era un clásico en su repertorio de ligue, pero definitivamente hoy no estaba funcionándole.
—No hace falta tanto uno a uno… pero te lo presto. Me educaron bien.
—¿No crees que es una buena oferta?
—No quiero ir a una cita contigo en la mañana.
—¿Por qué no? —pregunta—. No te estaba invitando a una cita, pero ¿por qué no irías conmigo?
—Tienes treinta y dos años y estás soltero; eres político o eres gay o te follas a todas las mujeres de tu campaña.
—No sé cuál es tu nombre.
—Leyla.
Él sonríe.
—Leyla, recién conocida ¿me prestas tu computador?
—Claro, con gusto.
Leyla se sentó en la clase y copió todo lo que le fue posible a mano mientras escuchaba y seguía a Tom por el aula, lo cual no era difícil porque estaba parado junto a ella. Su profesor, quien había sido profesor de Tom, estaba observándole y haciéndole señas para que abarcara el espacio; él eligió su libre albedrío.
Al final, varios estudiantes querían conversar con él. Leyla pensó en ir y quitarle el computador de la mesa, pero Tom decidió cerrar el computador y abrazarlo a sí mismo.
Luego varios profesores de la carrera querían hablar con Tom, y Leyla decidió que un computador no era tan caro; podía comprarse uno nuevo. Las notas estaban en la nube. Ella se puso finalmente en pie y caminó hacia la salida.
—¿A dónde vas? —pregunta Tom sin importar con quién está hablando—. Hola, disculpa, la chica de la computadora.
Leyla quería reírse, pero siguió caminando.
—¿Sí te llamas Leyla?
—Leyla Westborn, ¿me das mi computador? —pregunta, y él asiente. Se disculpa con los hombres con los que está y va hacia Leyla.
—¿Westborn?
—Como los Westborn de toda la vida.
—¿Y por qué estás estudiando política? Ustedes solo llegan y se sientan.
—Quizá para algún día ganarte en las elecciones y que no puedas decir que no tuvimos las mismas oportunidades mientras lloras —responde, y él se ríe.
—No vas a ganarme, pero te verías guapísima del lado correcto de la historia. Quién sabe, quizás con mi apellido seas mejor política —responde, y se ríe de vuelta.
—Toda esta gente está escuchándote —responde divertida.
—¿Qué tal si aceptas mi cita y lo discutimos?
—No, parece que no escuchas esa palabra muy seguido. No —repite y toma el computador; Tom se aferra.
Leyla se va por el campus, estudia, va a su siguiente clase y finalmente va a su apartamento. Se encuentra a sus hermanos en el lobby, los saluda con un beso a cada uno y los cuatro ven un arreglo enorme de rosas.
—Eso es para ti.
—¿Por qué están ustedes aquí abajo? —pregunta.
—Pensamos que era un explosivo.
—O que tenía algo para darte alergia.
—Todo es por tu bien. ¿Sabías que los hombres son portadores de VPH? —comenta Kamal Jr., y todos se ríen.
Leyla le da las gracias al portero y le pide a sus hermanos subir el ramo extravagante, lo cual le molesta porque ella es muy sencilla y también porque no tiene nota.
—¿A quién conociste, Leyla? —pregunta Habib mientras entra al apartamento.
—¿Con quién estás saliendo? —pregunta Gabriel, y sus hermanos lo ven incrédulos.
—No voy a salir con él.
—Además del VPH, la mayoría de hombres ricos que pueden comprar este ramo carísimo son unos imbéciles. No le diremos nada a mamá y papá, pero déjanos solo revisar su background.
—No voy a salir con él —insiste—, pero ¿quién abandona tantas rosas? ¿Quieren unas? Las voy a poner en jarroncitos por la casa.
—Leyla, queremos lo mejor para ti —insiste Gabriel, y ella le mira a los ojos.
—Si decidiera que voy a ir a una cita, llamaré a Ivy y le pediré el background y que lo sigan por una semana.
—¿Y por qué nosotros no podemos saber? —insiste Kamal Jr.
—Porque yo no sé con cuántas mujeres te acuestas a la semana. No debería saber mis cosas ni ir a recibir mis paquetes. Bye, los tres. Bye, vecinos, bye —dice, y camina hacia la puerta. Toma asiento y abre el computador; se encuentra un archivo.
Thomas Hadkings.
Tiene toda su información: incluso su dirección, su fecha de nacimiento, su número, y le asegura que ha tomado la dirección de su email solo por si ella no lo contacta primero.
Después de una semana de rosas, de correos e incluso una que otra llamada que no contestó, Tom decidió ser más inteligente que Leyla y su forma de pasar de él. Le pidió a la esposa de un amigo que la llamara para realizar una campaña publicitaria. Leyla tenía programado reunirse con ella, aparcó el auto, tomó sus cosas, se arregló el maquillaje y, fuera del edificio, vio a Tom. De inmediato supo que no era una coincidencia.
Leyla le miró y se quedó en silencio.
Él se acercó primero.
—¿Puedes, por favor, aceptar tener una cita conmigo?
—¿No estás ocupado con tus campañas y cosas?
—Estoy ocupado, pero no dejo de pensar en ti, y ahora te acoso —reconoce, y ella sonríe—. Te puse ligera vigilancia para saber si tienes un novio, un esposo, un hijo; me meto en Instagram desde mi cuenta secreta a verte en tus en vivos. Entonces dime qué necesito para que digas que sí.
—Tengo una política de no citas ni relaciones, pero gracias por tomarme en cuenta y esforzarte tanto. Quítame la vigilancia y espero que no hayas fingido un negocio, porque tienes que pagarme por el tiempo como mínimo.
—¿Por qué no tienes citas? ¿Porque eres una princesa o te lo prohíbe tu fideicomiso? —pregunta.
—Porque ser mi novio es un boost y no quiero darle ese boost de popularidad a alguien que no lo merece —responde.
—Yo estoy en medio de una campaña y la gente no puede saber que mi novia tiene veinte años y va a la universidad, y menos que es una Westborn, así que privado para mí está bien.
—No soy tu novia, soy tu cita cuando mucho. Y mi siguiente regla: nada de sexo.
—Okay, eso es más difícil, pero estoy dispuesto. El celibato empuja carreras.
Ella sonríe.
Leyla no tiene más excusas; en realidad, si no fuese político, estaría saltando alrededor de ese hombre. Pero, por otro lado, Tom es espectacularmente guapo, inteligente, sexy y tiene la suficiente atención como para no tener dos novias a la vez. Lo único que le preocupaba era que se supiera, y sobre todo antes de tiempo, pero ambos son adultos consensuando una relación.
¿Qué otro problema hay?
Ninguno.
—Vale, que sea la mejor cita de tu vida, porque no soy de segundas oportunidades.
—Entendido —responde, y sonríe de nuevo. Leyla reconoce que se derrite ligeramente, pero evita hacérselo saber. Extiende su mano para estrechársela—. Será la mejor cita de nuestras vidas; que sepas que si me dejas ir, te va a costar reemplazarme toda la vida.
—Tu ego es algo en lo que tenemos que trabajar
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