Leo

20 años antes

Leyla era la hermana más pequeña de cinco hijos de Leonel y Layla Wesborn: Leonor, la primogénita; los trillizos y, finalmente, Leyla. Ninguno de los hermanos se sentía desatendido; la verdad es que eran especiales por razones diferentes para sus papás, pero Leyla lo era para todos. Era la hermanita deseada, la que hacía lo que quería con sus hermanos, la mejor amiga de su hermana Leonor. Su puesto en la familia nunca se había sentido como menos, sino como el perfecto.

Leyla se dio cuenta desde pequeña de que era un imán de atención, sobre todo cuando compraban o tenían cosas; la gente siempre las quería. Así que, a una temprana edad, decidió emprender.

Leyla recordaba estar en la escuela, abrir la cartuchera y que todas se volvieran locas con el borrador que tenía. Al día siguiente se había abastecido y había vendido borradores no solo a su aula, sino a toda la escuela.

—Leyla, llamaron hoy de la escuela.
—¿Qué hicieron los trillizos? —pregunta su hermana mayor.
—Leyla tiene una venta de borradores.
—Ah, sí, los corté y los he estado vendiendo, color mixto o un solo color. Creo que quiero expandirme a lápices de colores personalizados —responde, y su papá le pregunta el precio.
—Depende de si me caen bien o mal, pero estoy haciendo dinero.
—¿Cuánto dinero?
—Siento que es información privada —comenta y señala a sus hermanos.

Sus papás intentan no reírse, y ella luego les da una clase de finanzas: para un borrador mini, un dólar es un escándalo, pero los demás están encantados con la iniciativa, así que, en lugar de castigarla, su mamá se postula como inversora en el negocio de los lápices personalizados. También, muy convincente, había explicado a la dirección que su hija era habilidosa para los negocios y que no había que limitarla, sino educarla.

De todas formas, a Leyla le encantaba tener su propio dinero, su propia tarjeta; le gustaba saber que no importaba cuán barato fuera algo, lo podía convertir en oro.

Y cuando creció, se preguntó qué podía convertir en oro.

Su hermana y sus amigas eran dueñas de una compañía de gomitas. Parece estúpido, pero deja dinero: la gente consume golosinas todos los días.

Ella quería algo más sólido.
Su propio imperio.

15 años antes

En su adolescencia, cuando parecía que iba a ser la hija única de su familia, sus papás se ofrecieron a cuidar de Jamal y Sol, sus primos, los hermanos paternos de Leonor, y para Leyla un gran descubrimiento: sus mejores amigos.

Antes de ellos había tenido amigos aquí y allá, pero nadie a quien les pudiese contar con pelos y señales un chisme y que se convirtiera en una noticia internacional. A veces, cuando se tiene tanta fama asociada al apellido, encontrar en la familia a tus mejores amigos se vuelve un privilegio.

Leyla se unió con su primo favorito y le preguntó si él podía diseñar unas cuantas piezas de ropa, camisetas básicas. Él estuvo encantado con la idea: podían vender ropa de hombre y mujer, y su meta era una tiendita. Sus papás lo fliparon, pero para ellos dos eso era dinero fijo y seguro para la universidad.

—Mamá y papá, necesitamos su autorización para registrar nuestra marca —comentó Leyla muy seria. Su mamá deja lo que está haciendo para acercarse.

Layla y Leonel vieron a su hija menor con verdadera sorpresa. Si alguien en la vida iba a tener un negocio, o mil, era ella.

—Dame tu plan de negocios —solicitó su madre.

Leyla sonrió y le entregó a su mamá su plan de negocios, sus costos e ingresos del último mes.

—Leyla, ¿de dónde tienes este dinero? —preguntó su madre.

—Bueno, entre pagarle a proveedores, al diseñador y a mí misma un salario por la publicidad, estoy un poco restringida. Todo está invertido y mi capital está debajo de mi zapatera.

—¿Tu diseñador es Jamal?
—Sí.

—¡Jamal! —grita Layla, y él viene caminando orgulloso, tranquilo. Layla, honestamente, quiere reírse, pero no lo hace.

Leonel les pregunta todo sobre el negocio. Los dos parecen listos para arrasar. Ve orgulloso a su hija y extiende su mano hacia ella.

—Hablaré mañana con el abogado, nos pondremos en regla. Por el momento voy a gestionar en su nombre, pero me gusta mucho que estés invirtiendo tu dinero en esto y tu tiempo, cariño. Los felicito mucho.

Los dos parecen incrédulos ante la reacción, pero lo aceptan; abrazan el gane. Es obvio que todos los otros papás y familiares tienen algo que decir, los bisabuelos Westborn los primeros.

—Leyla, el futuro de este país está en tus manos.
—Abuelo, mis manos están esperando que me haga un manicure —responde, y él se ríe—. Eres demasiado inteligente para tu propio bien. Lo único que no quiero es que todo ese talento se vaya desperdiciado sacándole a la gente dinero.
—¿Cómo te atreves? —responde.

—Han estado revisando sus redes sociales.
—Constantemente, los mismos lugares siempre, no dar ubicación, todo para contenido laboral —repite su madre—, y gestionamos los comentarios y demás.
—Ya tuvimos una mala experiencia con Kamille, no queremos otra con Leyla —comenta su abuelo, pensando en el secuestro de la primera influencer de la familia.
—Son otros tiempos y Leyla tiene seguridad 24/7 —responde la chica en cuestión—, y excelente estrategia de marketing. ¿Qué tal la retención?
—Bien, muy buena retención e influencia. He estado organizando actividades: recolecta de ropa, venta entre mis seguidoras… En fin, veo que hay buen movimiento. Lo que pasa es que la cuenta es muy grande y no todo debería ser en MainVillage, pero dame unos meses y empiezo a movilizarme.
—¿Vas a tomarte un sabático?
—No, tengo otras ideas para el futuro, pero también estoy preparando que mantengan activas mis redes.
—Si no es un sabático, ¿cuál es el plan?
—No estoy segura aún, pero cuando lo finiquite les compartiré la noticia.

Todos en la familia ríen ante la seriedad de Leyla. Su papá la mira con orgullo y le guiña un ojo.

Está un poco de más decir que su carrera es un éxito.

Leo funciona como marca de ropa, de maquillaje, como gimnasio, equipo de ejercicios en casa y ropa deportiva. Jamal y Leyla eran imparables.

Jamal y Leyla eran imparables: trabajadores, muy organizados. Sol, de vez en cuando, les asistía con detalles y todo parecía perfecto, hasta que salieron del colegio y tuvieron que elegir qué estudiar. Sus primos habían elegido irse a Europa y Estados Unidos para iniciar sus estudios.

Leyla había tomado la ruta más inesperada.

—Falta tiempo para eso—interviene su madre quién tiene una leve idea de los palens de Leyla.