Vulnerable

Narrador 

Olivia se fue caminando, sin importar las miradas o las consecuencias. Si bien estar cobijada por el nombre y el dinero de Sebastian era un mundo nuevo de oportunidades, no deseaba sentirse humillada ni amenazada, ridiculizada como lo fue esa noche.

Había ido sin rumbo por la ciudad hasta que encontró un taxi. Me subí y le di la dirección de casa. Ya era la hora de dormir de Milena, por lo que la niñera esperaba sentada en el sofá mirando la televisión. La mujer se asustó al escuchar unos golpes leves en la puerta. Finalmente, cuando se abrió y vio a su jefa asustada, agitada y temblorosa, dedujo que algo en su reunión había salido mal. A Olivia se le cayeron las llaves de la mano y Clarisse se acercó para ayudarle a recogerlas. Además, preguntó si quería un té o una bebida caliente, y la pelirroja negó con la cabeza antes de quitarse los tacones y dar dos grandes bocanadas de aire.

—¿Necesita que llame a alguien?
—¡No! —respondió Olivia—. Estoy bien.
—No quise ofenderla, Olivia. Yo he intentado agradar y, de cualquier forma, está molesta conmigo. Si quieren otra niñera…
—No se trata de ti, Clarisse. Se trata de mí y de Mily. No puedo pagar una niñera, no puedo acostumbrarla a esta vida. De igual manera, ya no más. Tengo que irme de aquí, esta no es mi casa.
—Al señor…
—No hagas esto, no digas nada —pidió con horror en la mirada, porque Sebastian no parecía de los que le levantarían la mano; sin embargo, era capaz de dañarle emocionalmente, y eso era tan peligroso, doloroso y le causaba igual o más miedo.

Subió a su habitación y fue por una muda: unos simples jeans y una camiseta. Buscó unos zapatos cómodos, un abrigo y dinero. Corrió a la habitación de Mily y le puso unos pantalones, unos tenis y un par de camisetas, además del abrigo. La cargó y la llevó por la casa en busca del teléfono que le había dado Alonso. Además, dejó el celular sobre la mesa y fue hacia Clarisse.

—Necesito que digas que he ido a casa.
—Es el primer lugar en el cual la buscará —intentó advertir a Olivia, y ella fingió que no se le había ocurrido aquello.
—Sí, pero es por esta noche. Necesito tiempo.
—Bien —respondió poco convencida la niñera—. ¿Qué más necesita?
—Nada.
—Tía O, tengo miedo.
—Tú y yo vamos de paseo nocturno —dijo a la niña y le acarició la mejilla.

Olivia salió de casa sin llaves y sin celular.

Fue a dar vueltas en autobús con la niña hasta llegar a la conclusión de que era tarde, tenía hambre y necesitaba ofrecerle un techo. En la última parada preguntó dónde conseguir un lugar para dormir. Paró y le consiguió una habitación de hotel. Pidió un par de hamburguesas con papas mientras pensaba si se iba de la ciudad o si simplemente regresaba a su casa, en la cual Sebastian estaría dispuesto a gritarle por avergonzarle.

Sebastian estaba en la barra con una copa de vino, en un intento de ahogar la molestia que sentía hacia Olivia. El joven vio a sus amigos acercarse a él y tomó un largo sorbo antes de enfrentarlos.

Carrick Burwish y Alonso Pieth le dieron dos palmadas en la espalda, y él se dignó a mirarles. En sus ojos había fuego, rabia y un poco de culpabilidad que solo los años de conocerle y la experiencia podían identificar.

—¿Qué piensas de la vida últimamente? —preguntó Carrick.
—Pienso que él es viudo, tú divorciado y yo soltero. ¿Cuál es el problema en tener sexo con mujeres guapísimas?
—Sebastian, te respeto, pero el desplante hacia Olivia fue totalmente innecesario. Ella no tiene que pagar por la zorra de tu ex prometida.
—Es guapísima. Definitivamente yo iría tras ella, pero ya Alonso le puso ojos de corderillo y tú, estoy seguro, amigo, le has metido la polla en lugares inapropiados.
—La vi primero y es mía —declaró Sebastian.

Sus amigos le rodearon y, en tono bajo, Alonso le recordó:

—¿Sabes qué me llamó la atención? El apellido de Olivia: Smith, como Owen, y su madre Olimpia. Ella no tiene ni idea —le dijo Alonso—. ¿Cierto?
—¿Es parte de tu venganza? —preguntó Carrick.
—Son mis amigos, no se metan en mis asuntos y todo bien.

Sebastian recibió una llamada de su chofer, quien le indicó que la señorita no había salido o, si lo había hecho, no había viajado en su auto. Sebastian se disculpó con sus amigos y se apartó para hablar con seguridad, quienes confirmaron lo mismo: Olivia había salido del evento y no se había montado en ningún auto; se había ido caminando.

Sebastian se fue sin despedirse y con más de la mitad de los invitados sin saludar. Simplemente abrió la puerta del pasajero y señaló a su chofer. En casa no encontró a Olivia, ni a la niñera ni a la niña; simplemente se habían ido. El hombre se pasó la mano por la cara, frustrado, antes de poner a todo su equipo a trabajar.

—Señor, si no se ha llevado el teléfono es difícil, a menos que use la tarjeta, y la señorita no tiene una.
—¿Dónde guardó el dinero que le di?
—La señorita retiró todo en efectivo.

Sebastian bufó. Le había dado 50 000 dólares y alguien en su banco decidió entregárselos en efectivo.

—Las cámaras del edificio. ¿Hacia dónde huyó?
—Nada más se le ve salir y no tomó un taxi. Puede que haya salido a caminar.
—¿A las nueve de la noche con una niña de cuatro años? —respondió irónico—. Búscala, encuéntrala y, sin importar la hora, llámame.

Después de terminar la llamada, Sebastian cerró el apartamento y regresó a su auto. El chofer le llevaba de vuelta a casa porque no quería ver ni hablar con nadie. Diez minutos después, el encargado de seguridad le llamó de nuevo.

—La niñera dice que se han ido a casa.
—Prepara un equipo para acompañar a Olivia y Milena todo el día y la noche. Esto no me vuelve a suceder. Necesito que entiendas algo: Olivia no es estúpida, yo tampoco. Es obvio que ese era el primer lugar al que ella iría y, como ambos sabemos eso, también el último. Ahora hazme el favor de buscar entre sus amistades o en los hoteles.

Él llamó a los gerentes de sus hoteles en la ciudad y también a un par de amigos para que le ayudaran a buscarla. Nadie podía encontrar a una Olivia Smith; sin embargo, la encontró en su hotel como una huésped llamada Milena Sims.

Pidió a su equipo que verificaran el acta de nacimiento de Mily. Era correcto. Olivia y su hermana tenían diferentes padres, así que el apellido de Niza era Sims y el de su hija, Milena Sims Smith.

Mientras él revolvía cada rincón de la ciudad, Olivia intentaba ponerse cómoda mientras encontraba un plan para ella y para Mily. Se había dado una ducha de agua caliente después de la hamburguesa que comió junto a su sobrina. La niña no comió casi nada, pero le emocionó todo en la habitación. Su tía se preguntó si no se había excedido en las características de aquella estancia: tenía dos habitaciones y una sala para desayunar, y costaba 1500 dólares por dos días.

Siempre podía llamar a su padre.
El hombre que le dio la espalda y la abandonó.
De todas formas, no dudaba que se desharía de ella, como con todos sus problemas: con un cheque y un estrechón de manos.