Tarde o temprano
Olivia sonrió porque le había tocado trabajar junto a la secretaria de Alonso y, básicamente, le aliviaba el trabajo a la mujer. La noche anterior hizo unas galletas y un poco de repostería; las primeras las envió al colegio para que los compañeros de Mily disfrutaran, y la repostería un poco más artesanal la llevó a la oficina. Le dio una a su mentora y compañera de trabajo, Regina, quien la recibió con un beso y un abrazo. Olivia le dio las gracias por toda su ayuda en esa primera semana.
Alonso, mientras cruzaba la oficina, las vio y saludó a ambas mujeres. A Regina con un abrazo de esos que te llenan el alma. La mujer había sido secretaria de su abuelo y, cuando tomó el mando de la empresa, su más grande ayuda. Ahora que era más papá que empresario, estaba seguro de que la empresa no se hubiese mantenido sin ella. Vio lo que Olivia le había traído a su compañera y le recordó que él también agradecía que le dieran de comer.
La joven rió y le siguió a la oficina con una caja para él. Dejó la caja sobre el escritorio de su jefe y él sonrió al verla. El hombre ingresó junto a uno de sus socios, Carrick, quien vio a Alonso devorar el pastelillo y gemir en el proceso.
—Hombre, ¿tienes un orgasmo con un pastel?
—Lo peor es que quiero darte por cortesía, pero no puedo.
El hombre rió y se acercó a la caja. Tomó uno y saboreó la mermelada casera, el crocante de la masa y la maravillosa combinación dulce con salado del pastelillo.
—Olivia, tráenos un café, a ver si nos gusta un poco más —pidió Alonso con un guiño juguetón.
—¿Cuánto cobras? —preguntó Carrick con la boca llena—. Yo perfectamente pagaría por esto.
—En uno de tus hoteles, esto sería una locura, Cash.
—Lo sé: de desayuno, postre y hasta para la cena. El lugar reventaría.
—Voy por el café —dijo Olivia, y los dos hombres se quedaron probando los pastelillos que ella había preparado.
Cuando regresó con el café, tal como le gustaba a su jefe —con leche y sin azúcar— y el de Carrick, negro y caliente hasta quemar, el hombre la miró y dijo:
—Eres guapa, inteligente… se te dan bien los negocios y la repostería...
Escucharon a la secretaria discutiendo con alguien y la puerta se abrió. Olivia vio, asustada, a Sebastian, y Alonso y Carrick lo miraron en espera de su próximo movimiento; estaban muy acostumbrados a su forma de ser. Regina se disculpó con su jefe porque el señor Caine había entrado como un loco, y él le aseguró que no era su culpa. Le pidió que se retirara y Sebastian se acercó a la mesa.
—Olivia cocinó para Alonso. ¿Quieres café y pastelitos? —preguntó Carrick, divertido.
—¿Me explicas por qué hay millones de mujeres en el mundo, miles en el país, y sales en el periódico justo con la que he elegido para mí? —gritó—. Mantente alejado de Olivia.
—Olivia es una persona, con derechos y deberes, no tu posesión —respondió Alonso en tono tranquilo—. ¿Puedes, por favor, ser educado con mi personal y con mis amigos?
—No te quiero cerca de Olivia —declaró Sebastian.
—¿Y si no me alejo qué?
—Alonso, no me provoques. Olivia, te vienes conmigo ya.
—Sebastian, estoy en horas laborales —dijo Olivia.
Él vio a la joven incrédulo y se molestó aún más por la sonrisa burlona en los rostros de Carrick y Alonso. Si no fuera su amigo, se le tiraría encima, y si no estuviesen esos dos, de verdad seguiría gritándole a Olivia hasta quebrar su espíritu. Sin embargo, se fue por la orden clara:
—¡Renuncias! —dijo mientras le tomaba del brazo—. Ya, listo, no trabajas más cerca de este.
—No.
—Te pago el triple de lo que él.
—Te subo el quíntuplo —respondió Alonso.
Carrick y Olivia los miraron durante su juego de poder.
Llevaban una subasta y Olivia se sentía mortificada, porque los guardas de seguridad estaban en la puerta. Regina, la secretaria, no se había marchado; estaba disfrutando de la escena, y era muy probable que la siguiente semana toda la oficina tuviera una versión de los hechos: el jefe y su amigo, el dueño del banco, habían subastado a Olivia.
La joven salió de la oficina en silencio y tomó sus cosas.
Caminó hacia el elevador y tanto Alonso como Sebastian salieron en el momento en el que las puertas se cerraban. Los dos vieron los ojos azules llenos de lágrimas y vergüenza de Olivia. La joven bajó la cabeza y su cabello le cubrió el rostro. Se alegró al no ver a ninguno de los dos en el primer piso y salió corriendo sin rumbo alguno.
Sebastian nunca se da por vencido y, después de empujar a su amigo, corrió escaleras abajo con la idea de interceptar el elevador. Cuando llegó al primer piso, Olivia ya no estaba, pero el de seguridad le dijo hacia qué lado había tomado y corrió como un loco tras ella.
Después de un par de cuadras, la vio. Olivia lo miró asustada, dolida y avergonzada.
—Pon un precio —respondió irónica.
—Olivia, me salí de control.
—Pon un precio. Puedo pagar cuotas, no muy altas, Sebastian, pero no más. Ya no puedo. No quiero hacer esto. Quiero lo de esta semana: un trabajo, un jefe respetuoso, una casa con una niña feliz porque aprendió a trazar la A. No quiero más. Ponme un precio, puedo pagar 500 dólares mensuales… 700 si me voy a un lugar cómodo. Yo…
Sebastian la besó en medio de la acera, sin importar quién pasara o quién pitara. El beso, demandante, seguro, muy apasionado; sus manos recorriendo sus brazos y colocándose firmes contra su espalda. Olivia se sentía derretida entre los brazos masculinos e invadida por el deseo. Eso era algo nuevo para ella, cuando siempre había confundido el placer con el deber.
A Olivia le ponía demasiado; de alguna forma u otra, era como sostener un cuchillo con la mano llena de aceite: el primero que jale, se corta.
Para Sebastian era todo muy nuevo: la primera vez en toda su vida que se comportaba por impulso. Había dejado sus negocios tirados en Japón por ella, después de que su gente le informase que había salido con Alonso y, además, había sido tema de conversación nacional.
Pelirroja en medio de millonarios. ¿Quién ganará, el señor Pieth o el señor Caine?
Definitivamente no iba a dejar que nadie se interpusiese en su camino. Mucho menos Alonso: era el hombre perfecto, un buen padre, un esposo cariñoso y atento, un hijo amoroso y un hermano envidiable. Una mujer como Olivia, sin duda, apreciaría a un hombre que ya era padre de como siete hijos.
Y él, en cambio, era un hombre de casi cuarenta, soltero, nunca antes casado ni divorciado; porque todas se habían aburrido de esperar que él sacase tiempo del trabajo para hacer vida. Y la verdad, Sebastian no tuvo una familia nunca, así que no sabía cómo ser pareja o familia de nadie.
Después de un beso profundo, provocador y algo salvaje a mitad de la ciudad, Olivia vio al hombre de los impresionantes ojos azules y se permitió fantasear con niños idénticos a su padre, que en realidad serían una pesadilla.
Había escuchado miles de veces a las mujeres decir: “cuando te enamoras, te enamoras. La vida te cambia”, y ella nunca lo había entendido. Ni siquiera entendió a su hermana cuando decidió que el padre de Mily era lo mejor que le había pasado en la vida y que lo mejor para todos era no decirle nada sobre su hija.
Niza le dijo exactamente:
—Lo entenderás tarde o temprano. Es una cuestión de amor puro y duro; cuando seas madre o cuando te enamores, me entenderás.
Olivia pensó que era probable que en ninguno de los dos estados lo hiciera, pero, después de las ocho semanas que pasó en terapia y preguntándose si Sebastian siquiera pensaba en ella, entendió que sentía por su cliente más que por cualquier otro.
Y cuando él la besó, no necesitó ninguna otra confirmación.
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