Protección
Fernán abrió la puerta para mí.
Le agradecí y me dijo que Sebastian tenía demasiadas razones para estar dentro del lugar, por lo que aparentemente no se acercaría a recibirme.
Fingí una sonrisa e intenté pasar desapercibida. Parecía imposible: había miradas en mi dirección, incluso uno que otro murmullo. Algo en aquel vestido rojo, con mi abundante cabellera y el no ser una cara conocida dentro de lo más alto de la socialité hacía imposible que la gente no mirase. Vi a mujeres agarrar el brazo de sus acompañantes, algunos de ellos sonreír sin ningún disimulo. Noté que todos llevaban vestidos de colores oscuros y continué caminando sobre la alfombra, en medio de la gente con la que no encajaba y en busca del hombre que manejaba mi vida.
Un par de hombres me interceptaron en la entrada.
—Señorita, ¿su invitación?
—No tengo… yo…
—Entonces no puede entrar.
Marqué el número de Sebastian mientras me hacía a un lado. No respondió. Volví a intentar mientras me alejaba de la puerta y tampoco lo hizo. Me sentía asustada y avergonzada, y caminé de regreso al auto mientras llamaba a Fernán para que estuviese en la puerta esperándome.
Un periodista comenzó a gritar para llamar mi atención.
—¡La pelirroja, la de rojo! —gritó, y seguí caminando—. ¡La de rojo! —repitió, y le di una rápida mirada—. Sí, usted.
El joven se acercó corriendo y me miró a los ojos con un brillo divertido.
—¿Le han dicho que es idéntica a la actriz Olimpia Smith? —preguntó.
—No, nunca… me han comparado con nadie.
—Fue muy famosa en los años cuarenta hasta los sesenta. Empezó muy joven su carrera y fue siempre impresionante. Falleció joven.
—No… no soy fan del cine. Lo siento.
—Le tendré que invitar a ver sus películas —comentó el joven.
Reí, lo cual llamó la atención de quienes pasaban a nuestro alrededor.
—Estoy aquí por alguien y no creo que le guste.
—Si estuviese conmigo, no andaría deambulando. Hubiese pasado por usted y la llevaría del brazo.
Asentí.
—Es usted un caballero y, más que eso, un romántico.
El joven se presentó como Alonso Pieth Salomón. Me dijo que su hermano Ellis era fan del cine y que por eso sabía esas cosas tan ñoñas, que él jamás sería un hombre tan ridículo. Me preguntó si me parecía mal entrar con él, porque no tenía pareja y no quería ir al interior solo.
—Es que…
—Será una sorpresa para el afortunado de tenerla engatusada a tal punto de no irse, y un favor para su nuevo amigo.
—¿Amigos? —repetí.
Sé cuándo un hombre me está tirando los tejos, cuándo desea poseer, tocar o follar. Sin embargo, él… él parecía diferente: tranquilo, seguro, elegante. Tenía su mano estirada hacia la mía.
La tomé y él indicó:
—Sí, desde hoy es usted mi amiga, si quiere. En estos lugares hay que tener amigos, aliados y enemigos.
—Bueno, yo acepto ser su amiga. La verdad es que no tengo.
Él sonrió, tranquilo, y entrelazó su brazo con el mío para acompañarme de nuevo al puesto de revisión. El guarda no nos detuvo esta vez, así que supe que Alonso era lo suficientemente importante como para no requerir invitación o identificación.
Caminamos juntos por el bien decorado lugar. Daba un efecto mágico: tanta luz, una paleta de colores neutros. No pude evitar notar los trajes oscuros de todos los invitados.
Alonso amablemente me iba señalando e indicando quiénes podrían ser amigos y quiénes aliados. Disfruté de su broma y me olvidé de que tenía que encontrar a Sebastian. El joven tomó un par de copas de champán que un mesero le ofreció y, con educación, le dio las gracias antes de darme una.
—A estos, aléjate. Son horribles. Enemigos totales.
Le miré asustada.
—¿Cómo se te ocurre? —preguntó una mujer, entre indignada y divertida.
Alonso se inclinó y le besó en ambas mejillas antes de abrazarla. Repitió el gesto con la mujer a su lado.
—Estas son mi tía Emma y mi tía Sofía; ellos dos, sus esposos, James y Alejandro.
El joven dio un par de palmaditas en el abdomen a su hermano menor y finalmente lo presentó.
—Él es el ñoño del que te hablé; Ellis, que se ha colado con papá.
—Porque tú no ibas a venir, ahora mamá está sola en casa —le reclamó, y Alonso rió.
—Esto son negocios, hermanito.
—¿No nos la presentas? —preguntó Sofía, quien no me quitaba los ojos de encima—. ¿A tu amiga?
—Sí, mi amiga, Olimpia.
—Como la actriz —repitió Ellis emocionado.
Negué con la cabeza.
—Mi nombre es Olivia. Tú decidiste que me llamaba Olimpia.
Alonso me miró sonrojado y todos en el grupo rieron.
—Ahh, él segurísimo. ¿Dónde se conocieron, O-l-i-v-i-a? —preguntó Emma, pausando para molestar a su sobrino.
—Un imbécil la ha invitado. No le ha dado invitación y Olivia se iba. El periodista que me entrevistaba me dijo: “Es idéntica a Olimpia”. Le miré y la seguí.
—Normal —comentó Alejandro—. Acosar a alguien.
—No es acoso, ¿a que sí, Oli…?
—Sí, es acoso. Me sentí asustada, luego propuso que seríamos amigos —respondí—. Tal cual el jardín de niños.
—Y tú le sigues la corriente.
—Es encantador. Aunque sea ñoño, acose mujeres y se sonroje como un adolescente. Probablemente hay mucho más.
Todos rieron.
—¿Quieres algo, Olivia? —preguntó Ellis al verme buscando con la mirada.
—Estoy bien, gracias.
—Eres idéntica, incluso te mueves como ella —comentó Ellis—. ¿Estudiaste sus movimientos? ¿Eres actriz?
—No. No sé quién es.
—Olivia, si no eres modelo tienes que serlo, y si tienes su gracia deberías ser actriz —comentó Sofía, quien explicó que era directora de una revista.
—¿De qué murió? —pregunté.
El grupo se vio interrumpido ante la presencia del anfitrión.
—Alonso, Alonso, siempre tan maleducado —dijo Sebastian—. Vienes, te bebes mi alcohol, comes mi comida y te robas a mi cita.
—Ahhh, es a ti a quien le tengo que partir un huevo —comentó Alonso—. Claro, solo a ti se te ocurriría dejar deambulando a Olimpia por un evento enorme lleno de lobos feroces.
Sebastian le dio un abrazo juguetón a Alonso y saludó con educación a todos los Pieth. Me saludó con un beso corto sobre la mejilla y su mano se posicionó firme contra mi cintura.
—Me he dejado al peor lobo de la manada —dije mientras examinaba a Sebastian con la mirada, y él a mí—. ¿Qué crees que podría pasarme?
—Olivia, su nombre es Olivia Smith —corrigió a Alonso. Le miré incómoda por la actitud de Sebastian—. Olivia, ¿estás disgustada?
—No, me encanta que me inviten a lugares extraños y me dejen tirada —respondí con sarcasmo—. Ah, y no se me va que todos andan de negro y soy lo más radiante del lugar.
—Eres la acompañante del anfitrión. No pensé que hubiese inconveniente —respondió con total tranquilidad—. Me retrasé —comentó, lo cual sonó a una disculpa que no llegó—. Tuve un contratiempo. No me gusta dar explicaciones ni las escenas. Vamos.
Con tono educado y toda la paciencia que pude, le pedí a Sebastian que me soltase. Él me ignoró y le clavé las uñas.
—Sebastian, no voy a permitirte que me maltrates físicamente. Suéltame.
—¿Qué vas a hacer si te suelto?
—Sebastian, suéltame.
Sebastian miró a su alrededor. Estábamos haciendo una escena; ya algunos veían en nuestra dirección. Le di una mirada de advertencia y él finalmente me soltó.
Suspiré y, con la cabeza baja, regresé donde estaban los Pieth. Les di una mirada a todos y les agradecí por su compañía. Finalmente, me acerqué a Alonso y le di las gracias por dejarme ser su acompañante durante unos minutos. Él sonrió con tanta dulzura que me sentí contagiada, en un mundo en el que Sebastian Caine es mi dueño.
—Olivia, adoro a Sebastian, pero lo ha pasado mal y a veces se le olvida ser una persona. No dejes nunca que absorba tu vida —le miré asombrada—. Ahora, este es mi número. Espero un mensaje o una llamada, y te mostraré mañana lo que se hace luego de una fiesta como esta.
Tomé la tarjeta y caminé hacia Sebastian. Le di una mirada y pasé por su lado antes de dirigirme fuera del lugar.
Sebastian dijo mi nombre mientras se acercaba para tomarme del brazo.
—Te quedas.
—No. —respondo con seriedad —En esto tú tienes más que perder que yo, Sebastian. Así que piénsalo: ¿les digo a tus amigos ricos lo que soy y lo que estás haciendo, o me dejas ir en paz?
Caminé hacia la salida sin detenerme.
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