Háblame
América estaba sentada en el restaurante del Bohío.
Había pedido una botella cara de vino, entrada, primer tiempo de comida y un postre. Sonrió mientras observaba la vista; era un lugar precioso, y se permitió pensar en lo que había propuesto su esposo: un hijo, una familia, empezar de cero.
Ella podría negociarlo, en ese momento tenía sobre la mesa todas las cartas.
Ya no solo estaba Francisco, el amor de colegio, su mejor amigo, su marido, la pareja de toda la vida. Estaba Hugo, el hombre que la encendía sin siquiera estar en la habitación. Hacía falta pensar en él y su cuerpo vibraba, su sexo latía, y quería más de eso.
Dependía de ella el futuro.
Todavía le dolía en el pecho recordar la primera vez que se dio cuenta de que la atención de su marido no era exclusiva hacia ella.
Cisco había ido a una actividad con amigos, había desaparecido por tres días. Cuando regresó, lo hizo borracho como una cuba; tenía labial en el cuello de la camisa, en la piel. Había perdido el cinturón y, debajo de sus pantalones, era evidente que no había bóxer. Por años habían habido rumores entre Johnny y él, rumores sobre Francisco y otras mujeres, pero él la convencía de que ellos estaban bien, enamorados, satisfechos, felices, y que todo era una forma de vender revistas.
Ella recordaba haber visto a Johnny a los ojos con furia; él sonreía, divertido por lo que había logrado. América no le había echado la culpa a él, pero sabía que estaba disfrutando como si lo hubiese obligado.
—No solo hubo chicas, lo importante es que Cisco lo pasó bien.
—¿Tú crees que puedes echarte un pulso contra mí? —preguntó América—. Los amigos van y vienen; la mujer que maneja los negocios, controla las cuentas y con quien se tiene que dividir todo 50-50 se mantiene. Mañana, cuando Francisco se despierte, tú eres lo primero que voy a eliminar de su vida.
América dejó a su marido medio vestido y medio desnudo en el piso de la entrada de la casa, con los mosquitos de la noche y luego con la luz del sol. Cisco no despertó sino hasta las once de la mañana, cuando el sol había hecho estragos en su piel.
La empleada había llamado a su madre porque la señora de la casa había dado órdenes de no despertar al señor, pero él seguía siendo el niño que cuidó, y ya le había preocupado mucho al desaparecer por tres días.
Su madre llegó en menos de una hora. Lo vio ahí tirado, el labial, el olor, medio muerto y medio vivo. Buscó a América por la casa y la encontró con la mirada fija en un libro. No estaba leyendo; sus ojos no se movían. Su pensamiento iba tan rápido que no podía concentrarse en las palabras del libro.
—América —la llamó su suegra por tercera vez hasta que ella salió de sus pensamientos—. América, lo siento mucho. Apenas se despierte...
—No es su trabajo...
—Su padre era igual. Es una conducta aprendida. Yo no debí nunca darle a entender que está bien mirar al otro lado.
—¿Por qué veía al otro lado?
—A ti voy a decirte la verdad. Primero, porque lo amo; segundo, porque tenemos una familia; tercero, en la vida hay que pensar más en el cuánto que en el porqué. No es lo mismo llorar por un infiel borracho, inservible y pobre, que por un infiel multimillonario que regresa con joyas, viajes, coches y casa.
América sabía que su mamá había tenido todo tipo de inservibles, y a favor de Cisco podía decir que nunca le había faltado nada. Su esposo ni siquiera requería un recordatorio: era atento, amoroso, divertido; viajaban, bailaban, comían, follaban, reían y eran amigos.
—En este punto no necesito que me deslumbren —comentó su suegra, y ella la observó—, pero ya estoy acostumbrada a un estilo de vida. Mi consejo, América, es que juegues tus cartas mejor que yo. Tú no tienes un prenupcial y Cisco hoy vale menos que dentro de diez años.
Ella le acarició el pelo y le dio un beso en la frente; luego salió de la casa. Su hijo ni siquiera supo que estuvo ahí. A diferencia de Hugo, quien había sido informado de la llegada de la señora dos Santos al Bohío, él la observó desde el sistema de seguridad: cómoda con su propia compañía. Casi nadie va a un restaurante de lujo a sentarse a comer solo y se ve así de feliz con el menú.
Él bajó, no sin antes ordenar su almuerzo por teléfono y saludar a unos cuantos clientes mientras iba al restaurante. Cuando ingresó, algunas miradas se posaron en él de manera curiosa. Hugo sonrió hacia su equipo y fue hacia la mesa de América. Ella vio el reloj, y él extendió su mano hacia la de ella. América se puso en pie y le estrechó la mano.
—Estás tarde.
—Bueno, me refería a otro almuerzo, pero ¿Cómo evalúas el servicio?
El mesero se acercó apresurado con su bebida y su entrada. Él sonrió y le dio las gracias.
—Es agradable.
—¿La comida qué tal te parece?
—Está bien, caro para un carpaccio de tomate con salmón, pero bueno...
—Lo comentaré.
—También le falta un poquito de sabor.
—Uff, al chef no le va a gustar eso.
—A veces es mejor un cocinero apasionado que un chef —respondió América, y Hugo se rió.
—¿Por qué no has querido subir? —preguntó directo.
—No estoy en posición de exigirte... pero no te conozco. No tengo sexo con extraños. Estoy casada y mi marido probablemente sepa que tengo algo con alguien, pero si vas a mandarme un mensaje con un número de habitación, necesito que seas mi amante y entiendas qué significa eso para mí, cada uno claro con sus roles.
Hugo la ve intrigado y pregunta:
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