Tiempo
América y Cisco estaban posando para una de las fotos de portada de una de las revistas de deporte más importante del país. Los dos lucían espectaculares, los cuatro si contaban a los niños.
Cisco había creado del deporte su mejor negocio; América había creado de su esposo una marca, un nombre, alguien que les permitía darse lujos, diversión, despreocuparse de la quincena o el fin de mes. América era la esposa soñada y Cisco, para efectos de esa portada, no solo era el amor de su vida, sino el rey de los contratos deportivos.
—Una los dos solos —pidió la fotógrafa.
Amanda y Mateo se salieron del cuadro, observaron la sesión a lo lejos y comentaron entre murmullos cada pose, cada mirada. Cisco parecía llevar una venda en los ojos; América lucía con el corazón roto. No podía verlo a los ojos demasiado tiempo sin apartar la mirada; estaba molesta, dolida incluso, y ellos dos lo sabían.
Cisco tomó la mano de su esposa, coqueto, sonriente, como quien ve a su presa más que a su amada; el lente de la cámara no mentía. Él besó los nudillos de su mano. Ella le miró a los ojos y sonrió. Dieron unas poses más y los dos agradecieron al equipo.
Los cuatro caminaron al elevador y se quedaron en silencio. Luego caminaron hacia el auto, Cisco dando un saludo que otro, su esposa tomando la mano de Amanda y Mateo para protegerlos si algo salía mal. En el auto, los cuatro comentaron sobre la sesión.
Todos en el auto iban en silencio.
Cisco iba a poner la radio cuando, detrás de él, alguien preguntó:
—¿Ustedes dos se están separando o divorciando?
Cisco quita la mirada de la calle, da un frenazo y ve a Amanda.
—¿Amanda? ¿Qué putas es esa pregunta? Desmanifiéstalo, que no te escuche el universo —América ve a su esposo y trata de no reírse.
—Sí, bueno, hay rumores, Cisco, de infidelidades de tu parte —comenta Mateo.
—¿Quieren irse caminando a la casa? —grita Francisco, y América se ríe.
—Y yo estoy embarazada cada tercer mes, y Cisco es trans; la prensa no es una fuente confiable, ustedes dos viven con nosotros —se queja América.
—No nos vamos a divorciar.
—No, definitivamente no, tenemos muchos negocios juntos.
—Y nos amamos, América —le recuerda, y un auto pita detrás de ellos.
—Nos queremos mucho y somos papás de ustedes, sus responsables; compartimos una vida juntos.
Todos en el auto escuchan a América, la calma en cada una de sus palabras, muy bien pensadas. Una frase que Cisco, después de 15 años de conocerla, sabía que había practicado; estaba siendo tan diplomática que entendería a la perfección la pregunta de Amanda. América estaba furiosa, pese a que intentaba ocultarlo.
—Si se divorcian, América, sé que no eres mi hermana biológica, pero yo te siento más familia a ti que al señor “salgo de fiesta y vuelvo en tres días borracho” —reclama—. Yo preferiría que pelees mi custodia; nos tiene que dar lo del fideicomiso y, por los daños emocionales, podríamos cobrar una pensióncita… ¿100 mil dólares te suena?
Francisco frunce el ceño aún más, busca la mano de su esposa; ella no la mueve, pero tampoco la entrelaza con la suya.
—No nos estamos divorciando, Amanda y Mateo —les grita Francisco y busca dónde aparcar. Como no encuentra, detiene el auto donde están. América lo ve incrédula, pero no le dice nada porque tener un arranque psicótico en ese auto no parece la solución a nada. Francisco demora en soltar sus primeras palabras, y Mateo, en tono educacional, filosófico y, sobre todo, en el tono de un niño preocupado por su familia, dice:
—Yo leí un artículo que dice que las mujeres hacen el duelo en el matrimonio.
—Yo definitivamente creo que América debería dejarte —asegura Amanda— y llevarme con ella.
—Yo también me voy contigo, sé barrer bien —América asiente y se ríe. Francisco niega con la cabeza y les pregunta a sus hermanos si están locos, luego a América si tienen razón.
—Francisco, estás haciendo una presa, ni te has aparcado como la gente —le recuerda su esposa.
—¿Por qué me estás llamando Francisco?
—Mi amor, así te llamas —le recuerda su esposa.
—América, tú y yo tenemos que hablar seriamente cuando lleguemos a la casa.
—Pueden hablar aquí, así todos sabemos más pronto que tarde —añade Amanda. Su hermano le da una mala mirada por el retrovisor; también ve las luces del tránsito y les pide, por favor, que actúen normal.
—Buen día, oficial, buen día —saluda y busca los papeles.
—Venimos de Inglaterra y todo está al revés, honestamente, es de marchas; creo que tenemos un problema mecánico.
—Él no sabe manejar —murmura Amanda, y su hermano le da una mirada; a América la ve por el retrovisor y niega con la cabeza.
—Señor Dos Santos —le saluda el oficial cuando le reconoce—. Entiendo su complicación, pero puede aparcarse o dejar que alguien más conduzca.
—Toda la razón, toda la razón. Mi mujer no tiene carnet de conducir —América niega con la cabeza—, pero voy a intentarlo o sacar los conos.
—¿No hay una multa? —pregunta Amanda, y su hermano mellizo se ríe.
—Por esta vez no —el tráfico le guiña un ojo a Francisco y este sonríe. América le da las gracias por la comprensión, al igual que su esposo, quien se muestra encantador.
América ve por la ventana mientras Cisco conduce en silencio. Él la ve de reojo y reconoce que sus hermanos tienen algo de razón. Su matrimonio no iba como antes; su amistad estaba fragmentada.
Cuando llegaron a casa, América les dio un beso a los mellizos. Los instó a ir a la casa a ver qué recordaban y qué no, sobre todo a desempacar las cajas en sus habitaciones. Cisco se paró a su lado y le recordó que justo en ese espacio planearon su primera cita. Ella sonrió, le dio una caricia en el rostro y un beso en la mejilla antes de ir hacia el interior de la casa.
Cisco observó a América caminar hacia el interior de la casa, tranquila. Fue primero a la cocina por agua y luego a su oficina. Cuando entró, se encontró con Cisco y dio un salto. Esa antes había sido la oficina de su suegro, pero como ella atendía la mayor parte de los negocios, Cisco aceptó dejarle el espacio a su mujer y quedarse con una habitación más pequeña para trabajar; al final, su oficina es el gimnasio.
—Necesito que hablemos. Dijiste hace unos minutos, en el auto, “que tenemos negocios” y “que me quieres”. No entiendo por qué no me amas.
—Te amo, como a un amigo.
—¡Soy tu marido!
—Tenemos un matrimonio lavanda —le recuerda América—. Podemos engañar al público, a los niños, pero el acuerdo es claro, Cisco: nosotros dos no deberíamos estar engañándonos el uno al otro. Este no es un matrimonio usual.
—No sé por qué estás quitando el amor de la mesa...
—No sé por qué te has traído a tu amante a la ciudad. ¿Cuál es la excusa de su mudanza? Una cosa es que te folles a hombres y otra es que lo traigas como si fuese equipaje. Te juro por Dios que si tú quieres jugar el juego de las indiscreciones, yo voy a hacer las mías muy públicas.
—Ante todo tenemos un matrimonio y somos una familia. Las cosas van a empezar a cambiar...—América le interrumpe.
—Tú y yo tenemos un acuerdo bien claro, Francisco. Yo te he respetado; has sabido jugar tus cartas hasta ahora. Lo que no voy a permitirte es tener un novio mientras yo quedo como una pendeja. Si él se queda aquí, vamos a dar de qué hablar los dos.
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