Se tenía que decir
Como promesa al pueblo decidí hacer mi entrenamiento en Tierra del Sol; en aire, en Azalam; y mi entrenamiento en operaciones especiales e inteligencia, en Ramil. Es una locura: cada uno tarda casi un año, pero bueno, es una apuesta que se mantiene en conflicto. En ningún momento pensé que me lo pondrían fácil; sí me creo que lo más fácil fue la semana pasada, cuando me realicé una sesión de fotos con los hombres de mi vida, con las reinas, y yo uniformada, solo por si me muero en el intento.
Desde el segundo uno el capitán me hizo saber que no estaba feliz con la idea de mi ascenso al trono ni con mi presencia en el campo de entrenamiento, así que todos los días, en todas las prácticas, tuve que hacer algo extra y quedarme. Gracias a Dios por todos los ejercicios de resistencia. Los chicos no saben si hablarme o no, y creo que va un mes así, y con tal de no ser castigados me ignoran. Así que se me pasa eso de sentarme sola, y camino hacia una mesa en la que están todos reunidos, tomo asiento y todos me miran sorprendidos antes de inclinar la cabeza.
—Algún día pelearemos una batalla juntos, así que se han ganado el no tener que hacer reverencias.
—Tú vas a ordenar una guerra y algunos de nosotros moriremos, otros iremos a la siguiente hasta que lleves a cabo el exterminio real que te apetezca —comenta uno de los hombres y se pone en pie.
—Es cierto, algunos de ustedes darán la vida por el reino; yo estoy haciendo lo mismo, desde una silla o desde este campo militar, pero todos queremos lo mismo: la libertad y la felicidad de nuestros seres queridos —respondo y me pongo en pie antes de irme de la mesa.
Salgo del galerón y todos me miran; no hace falta que me gire para saberlo. Siento sus miradas en mi espalda como cuchillos, pero no digo nada. Veo a uno de los tipos que me presentó mi abuelo y hasta ahora me sé su nombre, la semana pasada para ser exactos.
—Rashid.
—Majestad —me saluda.
—¿Quieres ser amigo de un leproso?
—Me pagan por ser su amigo —me responde y me río, él también—. Han sido unos días de mierda, ¿verdad?
—Sí, esa es la verdad. Todos me odian, me cuestionan y cuando no pueden conmigo me mandan a dar más vueltas. Hay enfermedades provocadas por el exceso de ejercicio.
—La vida es así.
—No puede retirarse; si se va no se lo harán fácil luego —me advierte Tarik, otro de mis guardas.
—No voy a irme, pero se supone que debería estar ganándomelos. Soy adorable, divertidísima, y parece que tengo lepra.
Yo creo que mis primeros tres meses fueron desastrosamente duros, pero no me di por vencida. Hacen una prueba antes de mandarnos a casa para las vacaciones de mitad del proceso; pregúntenme cómo, pero batí récords: los míos, los de mi padre, los de mi abuelo.
—¿Pero quién eres, Rambo? —me pregunta Zair, quien ha venido a ver los rallies.
Le doy un beso y un abrazo en cuanto subimos al auto.
—Necesito que por una hora seas mi tío y te comportes como tal, porque voy a llorar toda la hora —le aseguro.
Él me ve un par de minutos asustado, me da golpes en la cabeza, luego se encoge y trata de huir, pero el auto está en movimiento. Mi tío le pide al chofer que pare y yo le digo al chofer que siga, porque todo esto es territorio militar y si nos bajamos sabrán que me he parado a llorar. Zair me limpia el rostro con la manga de su camisa y me da un abrazo larguísimo. Creo que nosotros nunca habíamos estado tan cerca el uno del otro en la vida.
Zair y Amir son los tíos a los que molesto porque no hay límites; son los mismos que darían la vida por mí y yo la daría por ellos. En un buen día, en uno malo no respondo. Mi tío no le cuenta a nadie que me vio llorar como una loca; simplemente me deja maquillarme y salimos los dos con una sonrisa.
Mi mamá me abraza y llora un poquito, no como en el carro, y mis papás me preguntan qué ha pasado, qué ha salido mal. Yo trato de no contarles mucho, solo reconozco que es duro, que estoy cansada y que no es mi actividad laboral favorita.
—Ay, mi amor —dice mi mamá—, estamos tan orgullosos.
—Rompió todos los récords —comenta Zair orgulloso—. Es oficialmente mejor que todos nosotros porque es flaca y diminuta.
—¿Qué récords rompiste exactamente? —pregunta Amir.
—Todos —le digo y él se ríe.
—No tiras mejor que yo.
—Años de práctica —respondo y él se ríe.
—Bueno, ya, ya, ya, voy a abrazar a mi hermana, permiso —dice Leila, y me llena de besos y me abraza, y los demás se me tiran encima.
—Estás desmejorada, Leonor. Ven, vamos a darte de comer y a arroparte —propone mi mamá Selene—. Ah, mi amor, las veces que he querido ir a sacarte de ahí.
—Yo tengo planeada una visita, ¿quieres venir conmigo?
—Selene en la vida ha asistido a un solo evento militar.
—No creo en la milicia ni soporto las guerras —dice mi mamá, y yo la abrazo, a ambas, porque ser idealista es precioso, pero mi realidad actual es horrible.
No quiero volver y me tocan dos semanas en las que todos están tan orgullosos de mí y hay una sequía. Yo lo único que quiero es quedarme en mi cama, y tengo que ir a ver a los damnificados, lo cual es totalmente hipócrita de mi parte porque yo vivo en el aire acondicionado de mi hogar.
Amir y Zair están peleándose con todos los gobernadores desde el palacio de Ramil porque en el de Tierra del Sol “hay mucha gente”; en realidad es una forma de mantener la casa como una casa y no como un circo.
Hay unos niños a quienes les colocan vías de suero y me quedo mirándolos. Mi hermano me acaricia la espalda.
—¿Estás bien, Leonor?
—Bien, sí, estoy.
Allan me mira un par de segundos y Raj se ríe.
—Vamos, está muy caliente aquí.
—No, no, tratemos de ir por botellones de agua o algo para estas personas —les digo, y ellos me preguntan si estoy bien. Yo asiento.
Esa tarde, cuando regresamos, en casa están mis chicas esperándome con una pijamada y chismes. Mi mamá sabe que es como si me perdiera por 24 horas, pero no le importa y es el mejor regalo del mundo. Alice y Anastasia tienen que irse más tarde para pasar Navidad con su familia, pero esos chismes, quedarme con gente que sabe lo mal que lo pasas en un mundo de hombres, reírme a carcajadas, es lo que necesito.
Al día siguiente las dos comentan que es inhumano que no me dejen tener un celularcito mientras las dejo en la pista de aterrizaje. Me río muchísimo, y todavía más cuando regreso a casa con la familia y tienen juegos y actividades. Me acuesto en el sofá mientras mis primos y mis tíos hacen una carrera de un lado al otro en el jardín. Mi hermanita Sol viene a acostarse conmigo y mi mamá nos da un beso a ambas en la frente.
—¿Saben lo orgullosa que estoy de ustedes dos? —pregunta mi mamá, y las dos la vemos—. Sol va a terapia todas las semanas, hace sus tareas, sus retos, tiene muchos amigos y es muy feliz; y tú estás haciendo todo bien, Leonor, todo y más, cielo —me dice mi mamá y nos da un beso.
—Mamá, no deberías estar orgullosa de mí por nada —le digo, y ella me ve sorprendida, me acaricia el pelo y niego con la cabeza—. Que sepas que estoy haciendo esto por ti y por todas las generaciones de mujeres invalidadas y maltratadas en este país, pero es brutal que no lo disfruto nada. Quiero matar personalmente al capitán; cuando sea reina mi primer decreto será colgar su cabeza y su micropene en la plaza más grande de Azlam. Odio a todos mis compañeros, excepto a dos de los que me contrataron, y quiero morirme todo el tiempo. Quiero venir a mi casa. Yo estoy lista para salvar al país a balazos, aparentemente —comento.
Ella me mira confundida; creo que lo dije más alto de lo que debería, porque todos nos están viendo.—Y está mal planificado. El rey nunca debería poner una pistola hacia alguno de sus súbditos; es horrible y genera desconfianza.