¿Qué dijiste?
Mateo está un poco preocupado porque odia su horario; su hermana, por el contrario, parece optimista y relajada, hasta que se suelta el pelo y no le quedó como quería. De todas formas, América lo arregla con una trenza y un poco de paciencia que se convierte en una carrera al coche para no llegar tarde.
Los cuatro suben al auto en carreras, y Cisco conduce a toda velocidad. América revisa su teléfono; tiene unas cuantas reuniones después de lo de Cisco. Dejan a los chicos y los ven entrar; Mateo dice algo y su hermana se ríe. América los mira feliz: adora esos momentos en los que los chicos parecen estar felices y tranquilos.
—He estado pensando, y en cuanto pasemos esta crisis, creo que deberíamos valorar tener un hijo.
Cisco está hablando en serio, de verdad quiere un hijo, y de verdad cree que lo mejor es hablarlo de frente con su esposa. Lo que no entiende es que usar la palabra “crisis” en medio de la solicitud de paternidad no lo hace más deseable.
Es increíble que se le ocurriera eso.
Un hijo en el peor momento.
Un año y medio atrás, ella hubiese estado de acuerdo; hubiese tratado de inseminarse, de hacerlo natural incluso. Ahora mismo, su prioridad era terminar de criar a los dos que ya tenían sin destruirlos emocionalmente por sus problemas maritales, no sumar un tercer niño por una urgencia emocional de Cisco.
—América, no estamos rejuveneciendo, tú tienes óvulos limitados. Es un tema importante —dice, y ella sigue riéndose—. Yo deseo tener una familia, después de la muerte de mis padres… —América intenta controlar la risa—. Tú y yo teníamos previsto esto... América...
Ella logra calmar la risa para recordarle la realidad a Francisco:
—Pero en condiciones diferentes. Yo soy hija de esos padres desastrosos, soy la hija de la mamá adolescente con tres trabajos y del tipo que de vez en cuando ejerce como padre y después se desaparece. No voy a darle lo mismo a los hijos.
—Es un panorama totalmente diferente.
—Francisco, no sabes lo que quieres. Mañana podrías estar huyendo a Grecia con tu sabor del mes —responde divertida y no puede más: se ríe, se ríe de imaginarse embarazada y después cuidando a un niño porque Francisco tuvo un deseo una mañana de lunes y el jueves otro.
Él intenta dialogar con su esposa, pero ella está ocupada riéndose.
América se ríe.
Se ríe por cinco minutos seguidos, como quien escucha a un comediante de alta calidad. Llora, se limpia y, cada vez que ve a su esposo, la risa la ataca de nuevo. Cisco está serio.
En cuanto llegan al club, veinte minutos más tarde, él intenta retomar el tema, pero América no le deja. Cisco la toma de la mano.
—Podríamos hacerlo.
—¿Y los siguientes 18 años, Cisco, cómo le hacemos?
—Me equivoqué, América…
—No quiero escuchar eso, y el coach viene hacia ti —ella le ajusta la camisa y finge una sonrisa.
—¿Te están dando la bendición, Cisco? —pregunta el coach, y este asiente.
El hombre se presenta como Thomas. Cisco ya se había reunido con él. Los tres caminan hacia el salón donde se encuentran los otros jugadores. Terrance había recién llegado. Los dos se saludan. América observa a la esposa de Terrance; las presentan y la mujer parece agradable. Está casi segura de que no pertenece a las WAGs: no tiene tiempo y no le importa.
—¿Entonces tú haces esos zapatos?
—Los diseño y tengo una compañía que produce y vende.
—Qué bien, ¿puedes hacerme unos con diamantes?
—¿Diamantes de verdad?
—Sí, nada de perlitas: diamantes.
América adora el reto y la seguridad de Leonor.
—¿Quieren hacer una salida los cuatro? —propone Francisco.
América sonríe obediente.
—Podemos salir sin ustedes dos —responde Leonor—. Tranquilo.
América se ríe, y Terrance eleva sus cejas, divertido.
Cisco es toda una personalidad, y América entiende cómo algunos lo aman, otros lo odian, y cómo todos tienen una opinión con respecto a él. Y, aparentemente, la de los chicos no es buena: quieren a Terrance, un capitán que lidera, que juega, que apoya al equipo, no a Cisco, que había construido una carrera para él y que buscaba siempre sobresalir.
Era evidente la inconformidad, las novias y esposas quitaban la mirada, una que otra tenía los brazos cruzados, entre los jugadores habían bandos, sin importar cual los ceños fruncidos y mandíbulas apretadas estaban presente. Todos veían a Cisco no con el respeto y la admiración que él había descrito en la mañana, sino como quien llega a la cena sin invitación y ordena lo más caro del menú.
Terrance Rockefeller había hecho todo por calmar a su gente y tratar de hacer sentir bienvenidos a América y Cisco. La verdad es que había demasiados rumores con respecto al fichaje: que si era uno de los más caros que había realizado el club, que si les iban a dar acciones.
Cisco parecía estar ahí para ocupar el puesto del capitán cuando este se retirara, y sonaba injusto, mucho más cuando hay tipos que se lo han currado en el equipo y les han pasado por encima para acomodar a Cisco, quien tenía reputación de ser muy centrado en sí mismo, de creerse un rey, de jugar siempre a su favor, al punto de ir, poner los focos sobre el equipo y largarse cuando fuese necesario.
La gente tenía una opinión sobre Cisco Dos Santos y eso se traducía en rechazo; había jugadores que abandonaron el evento para demostrar su enojo, un 60% del equipo lo había hecho.
El coach y los otros habían intentado tranquilizar los ánimos y le habían pedido a Cisco tiempo para que lo conocieran como parte del equipo. América se paró al lado de su esposo y le acarició el brazo; él entrelazó sus dedos con los de ella. Sintió sus palmas frías y algo húmedas.
—Bueno, nosotros siempre tenemos una cláusula de finalización por inconvenientes, y estaba contemplado un mal recibimiento del público y del equipo. Todos tenemos que trabajar para que funcione —todos la ven con respeto; todos saben que la carrera de Cisco la maneja América, pero no saben hasta qué punto—. Tenemos otros compromisos, los niños iniciaron hoy el colegio y prometimos varias cosas para traerlos de vuelta al país. Ha sido un placer poder compartir; estamos agradecidos con el detalle para presentarlo con el equipo.
—Gracias a todos los que se quedaron. Honestamente, mi posición estará más clara en los entrenamientos y en la cancha. Sé jugar en equipo —responde—, pero ante todo me importa el honor de la camisa que llevo, de los compañeros que tengo, y el juego se gana de dos maneras: anotando más que los otros y parando la bola del equipo contrario.
América sabía que no estaba siendo arrogante; era la forma en la que veía el fútbol. Muchos jugadores al inicio se plantean un gol, pero Cisco siempre juega intentando vencerse a sí mismo: si en el partido número uno hizo un gol, en el siguiente espera mínimo dos, y así sucesivamente. Y así mismo quiere que sus compañeros se exijan.
—Nos vemos en el entrenamiento, Cisco.
Ambos estrechan unas cuantas manos y se despiden de todos antes de salir finalmente, huyendo del lugar de manera controlada, pero América no estaba feliz con la idea de que tuviese que renunciar; eso significaba una salida temprana del club, y ya Cisco tenía una edad en la que empiezan a cerrarse las puertas, pese a la calidad de jugador que es.
—Siento que se esté yendo a la mierda todo.
—No seas dramático. Lo raro es que te reciban con besos y abrazos si ganas más dinero que ellos, si te están dando un paquete de acciones cuando te retires si lo haces aquí, si te ofrecen la capitanía en cuanto se vaya Rockefeller. Francisco, en un par de semanas entras en tu primer partido, los llenas de goles y, atención, su valor incrementa y estarán todos contentos. Eres como el rey Midas —le asegura su esposa y le acaricia la espalda.
Él rueda los ojos y sonríe; le encanta ver a la América empresarial, esa a la que nadie puede convencerla con un no donde ella ve un sí, la única que sabe cuán frágil es por dentro.
—Te amo, Amex.
—Te amo y todo va a estar bien —responde y le da un golpe en el pecho—. Ahora abre el auto o consigue un chofer.
Él se ríe mientras busca la llave; ella se ríe porque está en su bolso, pero lo deja enloquecer un poco para que se le olvide.
América acaricia la espalda de su esposo mientras caminan hacia el coche. Él bufa, ella lo abraza y Cisco la toma de la cintura mientras van a su auto. Él le da un beso corto sobre los labios y la abraza.
Terrance y Leonor los llaman a lo lejos mientras se acercan. Cisco sonríe, no suelta la mano de América.
—¿Qué tal si de verdad salimos a cenar con algunos del equipo?
—No quiero imponerme.
—Van a venir mis amigos más cercanos y va a ser mejor. Vas a aprender a ser un equipo, los dos.—Señala a América.— Vamos a trabajar juntos. No puedes actuar como si tuvieses un palo en el culo —le advierte—. El miércoles nos vemos —insiste, y le da un par de golpes en el pecho—. América, tú que eres una mujer elegante y puedes conquistar la atención de Leonor, ¿puedes ayudarme con Cisco?
—Soy su esposa, no su mamá.
—Sí, pero tú lo elegiste —bromea—. Necesito ayuda.
—Tengo un compromiso el miércoles.
—Ay, yo no sé si vaya, la verdad —comenta Leonor.
—Las dos van a ir —insiste Terrance.
América, quien sigue teniendo sueños mojados con Hugo, tiene expectativas muy grandes en juego como para cancelar. Recuerda su cita.
—Tengo una cena de negocios.
—¿Con quién? —pregunta Cisco.
—Tengo una oportunidad grande. Ahora que no eres bienvenido en el equipo, ¿quieres llevar los negocios? —pregunta divertida, y Leonor se ríe.
—Una salida de hombres, eso es lo que ocupan: competir en algo. Necesitas perder, Francisco, o te rompen la cara —le avisa Leonor, y Terrance asiente.
Terrance y Cisco quedan de acuerdo para el miércoles. América le dice a Leonor que ellas dos deberían tener un plan; intercambian números. Ambas parejas se despiden y van a sus respectivos autos.
Francisco conduce mientras a su esposa le entra una llamada que cuelga nerviosa; se repite un par de veces.
—Contesta, puede ser importante.
—No, es un número desconocido.
—¿Quieres que conteste yo?
—No —responde y le quita el sonido al celular.
Hugo decide mandar un mensaje.
Hugo
Tenía la tonta esperanza de que te quisieras reunir conmigo para almorzar, en la habitación 1991 del Bohío.
América
Define almorzar.
Hugo
Bueno, a mí me gustaría saber que vienes para esperarte desnudo y que lo descubramos juntos.
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