Familia

Yo he tenido una vida privilegiada, eso es innegable. Siempre fui a los mejores colegios, a todos los viajes, tuve los mejores profesores, pero, a pesar de que mis papás no estaban enamorados, que mi nacimiento básicamente era parte de un contrato, que mi mamá no tuvo figuras paternas estables ni deseables o que mi papá perdió a ambos padres a edad muy joven, yo tuve todo lo que un hijo podría querer, incluso el divorcio más saludable que existe.

Tengo dos familias que se esfuerzan por comportarse como una sola. No puedo llamar a mis padrastros de esa forma porque siempre he sido su hija. No creo que mis hermanos sean la mitad o hermanos paternos o maternos, porque si hubiese una guerra mañana todos ofrecerían su vida a cambio de la mía.

Soy privilegiada, y lo he sabido toda la vida, pero hoy, cuando mi papá decidió detener un crucero para irnos por Islandia, subir a una embarcación más pequeña y navegar en medio de la aurora boreal, entendí cuán amada podría ser, y su mensaje fue más que claro. El mensaje de mis papás ha sido muy claro los últimos días: no es solo lo que no van a permitir que elija, es lo que quieren que deje de buscar: hombres con trabajos mediocres, metas indefinidas, caminos largos y raros por definir, cuando a mí solo seguridad, estabilidad, protección y tranquilidad me han dado.

Mi papá no lo arruina con palabras, no me da una lista de obligaciones como haría siempre, solo me entrega un anillo y una carta.

—El día que te cases, vas a guardar el anillo para tu primera hija, y vas a poder abrir la carta.

—Te amo demasiado, papá.

—Yo a ti, Leonor. Incluso cuando estoy siendo tu rey, soy tu papá y quiero para ti toda la felicidad del mundo, tú eres mi corazón completo.

Me quedo entre sus brazos, lo abrazo también y disfruto de eso: de la compañía, de las promesas, incluso disfruto con la idea del mañana.

—¿Cómo estás seguro de que tendré una hija?

—No le digas a tu mamá —me hace prometer con la garrita y me río—, pero fui con una de esas señoras que ve el futuro. Me dijo cosas que no quiero oír ni pensar, pero lo poco rescatable que dijo es que serás mamá de dos niñas y morirás de vejez.

—Ay, papá…

—Déjame, yo creo en lo mío y tú en lo tuyo.

Me voy a casa con él dos días más tarde. Mi mamá se ríe cuando le enseñamos las fotos de su marido en un tobogán.

—Nos lo pasamos bomba, sí había dudas, Leonor es mi hija —todas nos reímos. Sol se me queda viendo y extiende las manos, Jamal me lanza un beso y me guiña un ojo.

—Ya danos nuestros regalos, por favor —añade lo último porque mamá está a su lado.

Le doy un beso y un abrazo y me dice que ya sabe que les mandé regalitos a mis hermanos.

—Somos tus hermanos pequeños, Leonor, no seas así.

—Isla viene a verme en unos días.

—¡Leonor! —grita Sol y mi mamá le da una mirada de amenaza.

Yo le entrego una bolsa con todo lo que me pidió, a mi hermano unos cuantos trajes de baño y le quedan fenomenal, y a mi mamá una pieza de joyería. Su marido le compró más para que ella no dijera que no la ama. Él le rodea los hombros con el brazo y le pregunta si lo extrañó, ella se ríe y le da un beso.

—Te extrañé, pero ahora estoy más aferrada que nunca a dormir en camas separadas.

—Jamás —le responde con firmeza y ella se ríe.

—Mamá ha seleccionado una habitación —comenta Sol emocionada por ver la reacción de nuestro padre.

—Mira, cuando conocí a tu mamá me dijo que no sabía dormir sola, no debería aprender ahora.

—Mi amor, los dos estamos amores, tú pesas un montón y roncas.

—Bueno, atenderé mis ronquidos, pero seguiremos durmiendo juntos hasta que me muera.

—Voy a seguir con mi proyecto —comenta mi madre y se ríe de su esposo mientras se coloca la pulsera.

—Leonor, yo pasé todo el tiempo pensando en ella, hablando de ella, comprándole cosas y mira cómo me trata.

—Sí, claro, claro.

Mis papás preparan una cena obligando a mis hermanos a volar sin importar si ellos quieren o no. Tienen una cena familiar y nos vamos de paseo unos días por Tierra del Sol. Aquí no podemos fingir que no somos esto o lo otro, pero es el tiempo en familia, los recuerdos, las peleas entre mis hermanos pequeños y las risas entre los mayores.

El fin de semana cenamos con la familia entera, que hasta mi mamá y mis hermanas han volado para acompañarnos.

Mi abuelo se sienta a mi lado y me hace una seña para jugar damas chinas los dos al sol. Me pongo en pie y lo sigo. Él me cuenta que ha tenido un debate con Kamal, Gabriel, Habib y Jamal.

—Ah, ¿sí?

—Sí, son jóvenes muy inteligentes e interesantes —comenta.

—Me adoran, eso me sale fabuloso —bromeo mientras muevo mi ficha.

—Mi hermano y yo nos sacábamos dieciocho meses de diferencia. Mi mamá tuvo un parto terrible, no quiso más hijos, mi papá la consintió en todo en la vida, y ella a nosotros dos —comenta—. Si yo hubiese podido dar mi vida por tu abuelo, lo hubiese hecho —reconoce—. A veces siento que le robé todo, que soy un impostor —reconoce, más para él que para mí.

—Él no hubiese querido que la historia fuese diferente.

—Lo sé, pero entiendo también a tus hermanos, Leonor, y si bien no vamos a dejarte sola, no quiero obligarte como hice con Kamal y con Ellis. Los tiempos cambian y le he dicho al consejo que no estamos para complacerlos. Reinarás, pero no es requisito que hagas entrenamiento militar.