El centro del mundo

Todo lo que brilla no es oro… puede que sea un diamante, circonio o una imitación mucho más barata.
Eso aprendió América en su primer día de clases.

Dos chicas se acercaron a su casillero y le preguntaron por la bolsa que llevaba. América era inteligente, muy callada y tímida; la verdad, no supo qué decir. No conocía de marcas, no era algo que se pudiera permitir y no se permitía estresarse al respecto.

—Eres la becada, ¿verdad?
—Sí.
—No nos gustan las copias chafas ni estamos de acuerdo en que alguien fuera del círculo venga aquí —comenta una de las chicas.

La joven le quita la mochila y la tira al suelo.

—Eso es una imitación como tú. No calza —le dice y sigue caminando. Su amiga le advierte que lo mejor es quemar la bolsa, pero América entiende que ese es el menor de los problemas.

Por sus buenas calificaciones, América había recibido un full ride académico. Había sido noticia por sus notas perfectas: de primero a sexto grado solo había sacado cien, y varias escuelas de élite le habían hecho exámenes de admisión; en todos había sacado cien. Las ofertas de estudio habían llovido. Su mamá había elegido lo mejor; incluso si tenía que vender lo más preciado para que su hija fuera ahí, lo hizo.

La mujer consiguió tela para hacer el uniforme de su hija en casa. La diferencia era mínima. Vivía de arreglos de ropa, tintes, planchado y lavado. Su hija ahora podía ir a un colegio al que solo asistían los hijos de multimillonarios, en el que las universidades confiaban para otorgar cupos solo con la nota de presentación. Se sentía optimista por el futuro.

América, por otro lado, se sintió estresada desde el momento en que vio la escuela, y mucho más durante su primera semana.

No calzaba.
No tenía un apellido enorme que la respaldara.

Necesitaba quedarse en las tardes a hacer la tarea en computadores prestados. Todos simplemente se iban; por lo menos había una buena vista al campo de fútbol, espectacular porque todos los chicos eran guapísimos. Todos ahí parecían sacados de una revista porque usaban productos para la piel, iban al gimnasio y tenían cosmetóloga en lugar de maquillaje normal. El look era tan importante como las notas.

En casa, su mamá parecía emocionada. Ella solo había sido una mamá adolescente; había sido académicamente brillante… sus decisiones en el amor, sus métodos de anticoncepción, no tanto.

—Me cuentas cómo estuvo tu día —insiste, y ella niega con la cabeza.

—Me siento retada académicamente, pero estoy preocupada. Es como si llevara una diana en la cabeza; todos me ven mal, me tratan peor. Solo necesito sobrevivir un tiempo.

Su mamá le da un beso en la frente y le promete que todo va a estar bien, genial, espectacular. Ella sonríe y sigue intentando estudiar.

Finalmente el viernes llegó, y seguía siendo la nueva para la mayoría, la cerebrito para quienes la reconocían del periódico y, para un par de compañeras pesadas en su clase, era la pobre.

Lo único que no había logrado en todo el día era pasar desapercibida porque tenía educación física y, si sus tenis no son los deportivos del año, aparentemente alguien había dado la orden de ignorarla, así que no la habían elegido para ninguno de los equipos. El coach decidió cambiar la actividad para intentar ayudar a integrarla, pero la habían agarrado a balonazos; si no fuese por la mala puntería, probablemente la historia sería diferente.

Como si fuese poco, olvidó el almuerzo en casa, las meriendas, el agua y, por lo que había escuchado, era un pecado tomar agua del bebedero. La joven fue hacia el enorme comedor. Le parecía una locura que tuviesen cuatro opciones de restaurante, pero que no aceptaran dinero le parecía horrible.

Ella se hizo en la fila que tenía menos gente y, por fin, sintió que las miradas dejaban de estar en ella. Los chicos del equipo de fútbol estaban abarrotando las filas y robándose las miradas.

Volviendo a su drama: sin dinero no había comida y, aparentemente, necesitaban una tarjeta especial recargada por los papás. Todo sonaba carísimo. Un chico se paró a su lado.

Gracias a Dios, todos estaban ocupados viéndolo a él. Francisco se veía guapo: alto, moreno, con un aspecto muy dulce en el rostro; sus rasgos eran preciosos, la piel morena y el pelo castaño oscuro contrastaban entre sí.

El joven estaba sonriéndole. Se inclinó sobre ella y le explicó a la cajera que era nueva. Su perfume le pareció exquisito. Ella seguía extendiendo los diez dólares a la cajera, quien se negaba a aceptarlos mientras explicaba que los alumnos tenían prohibido llevar efectivo para “prevenir malos entendidos”.

—Yo solo quiero una botella con agua.

—Buenas, feliz inicio de curso —saluda a la mujer de la caja—. ¿Nos das el almuerzo del día con extra proteína para mí y dos botellas de agua? ¿Qué hay de postre? —pregunta el chico.

América observó la amabilidad del chico.

—Hay flan y pastel de vainilla.

—Mi favorito —responde emocionado—. ¿Cómo quieres tu almuerzo? —pregunta el joven, mirando a América.

Ella niega de inmediato con la cabeza y le asegura:

—No es necesario.

—No puedo aprender si no como. La verdad es que me llevo unas almendras y las como mientras estoy haciendo trabajo en clase —reconoce—. Mi papá recarga esto como si no fuese a darme de comer en casa o nunca jamás; no hay problema.

—No…

—Sí, danos dos. Vamos, eres nueva… —le dice—. A mí me pasó. Entré a medio año escolar cuando nos mudamos de país. Entiendo lo malo que es venir a un país en el que aparentemente tienes acento y, además, no tienes con qué comer.

Ella sonríe. Él asiente y toma la bandeja con los almuerzos con cuidado. Toma asiento junto a ella y le acomoda las cosas frente a sí.

—Gracias, yo te lo pagaré…

—Sí, definitivo… Dicen que eres mega inteligente. Voy dos cursos más arriba; puedes enseñarme matemáticas. A mí solo me gusta el fútbol. Mi papá planea quitarme el fútbol si no apruebo todo. ¿Me ayudas?

Él la anima a comer. Ella nota que las miradas curiosas siguen ahí, pero no como al inicio, sobre todo no cuando Francisco levanta la mirada. Él sonríe hacia unos amigos, quienes le hacen señas para que se cambie de mesa; niega con la cabeza e intenta conocer a América, pero ella solo lo ve con algo de pánico e intriga.

—No te voy a morder.
—¿No te preocupa la regla de no hablarme?
—Esas son mierdas de mujeres. Yo intento no seguirles la corriente; ustedes son peligrosas entre ustedes —comenta.
—¿No te importa tu reputación?
—He sobrevivido a drama, escándalo y chismes; puedo con estos —dice, se señala y le guiña un ojo. América sonríe y asiente—. Come, luego piensan que eres anoréxica y es peor.
—Solo soy pequeña —él asiente divertido.

Cuando acaban de comer, Francisco le recuerda que tienen un compromiso de estudio.

—El chofer pasa por mí a la salida. Nos vemos en la puerta principal.

Esa tarde, a la salida, Francisco la estaba esperando frente a su aula. Todas las chicas hicieron algún gesto para llamar su atención. Él sonrió cuando la vio, le ofreció ayuda con el bolso; ella negó con la cabeza. Todo el mundo odiaba su bolso en la escuela porque no era de marca. Él rodó los ojos, lo colocó sobre su hombro, le tomó de la mano y le dijo:

—Ven, camina conmigo. Mi chofer parquea siempre en el mismo lugar porque sabe que soy distraído. Todas las tardes vienes y él te lleva a tu casa si quieres o a la mía a estudiar, así no tienes que quedarte en la biblioteca.

—¿Tus papás…

—Mis papás necesitan que estudie. Van a intentar secuestrarte, adoptarte, contratarte… —él se encoge de hombros y ella sonríe.

América nota a la gente alrededor. Todo cambia. Del brazo de Francisco dos Santos no era la pobre, la cerebrito ni la nueva: era la chica más guapa e interesante del instituto