Roto
Después de mi ruptura me fui a casa de mis amigas. Anastasia está de congreso, Alice está trabajando, pero cuando finalmente llega mi amiga, sabe qué hacer y la amo por eso. Nos vamos a poner más guapas que nunca. Alice cree que le pueden hacer colochos como los míos; el del salón, muy honesto, le explica que su hebra en la vida ha tenido una sola ondulación: es lacia, es lacia y así se va a morir. Le sacamos por el momento de la cabeza la idea del permanente de colochos, pero se va con ondas, en rulos y todo, porque no nos llegan a la cena romántica de amigas que tenemos.
Me río todo el rato, tanto que me considero hacerme lesbiana.
—¿Estás segura de que no tienes un pene ahí abajo?
—Hermana, segurísima. El exceso de hormonas… el otro día me dormí a mediodía después de comer, se me quedó un ojo abierto y me entró todo el aire del ventilador de la oficina. Me recompuse antes de la alarma y me he sentado ahí a llorar.
Me río aún más porque es muy de Alice. En el colegio, si iba a menstruar, de una vez nos decía que no quería ser nuestra amiga por el día; al día siguiente nos decía lo más feliz que había menstruado y, aparentemente, el asunto no se calma.
—Creo que después de tanto, solo quiero estar conmigo.
—Acabás de romper con alguien a quien querías. Es normal sentir que fracasaste, aunque creo que te liberaste y todo tiene un tiempo. Voy a contarte un secreto —propone, y asiento.
Me inclino para escucharla y ella me cuenta que tiene su carta de manifestación. Alice, además de ser inteligente a rabiar, es demasiado curiosa; siempre anda contemplando de todo y más. En fin, dice que hace la carta de su hombre ideal todos los años y que, como no llega, simplemente se da cuenta de cómo han evolucionado sus gustos, sus necesidades, sus ideales y sus imperdonables.
Layla tiene sus momento, por mucho.
—¿No te da miedo no conocer a alguien?
—Mis papás se conocieron en sus cuarenta, y mis papás biológicos similar, como 27–37.
—Veintisiete no son cuarenta.
—Pero ya a esa edad ves la vida más con ojos de cuarenta. La cosa es que hay tiempo de esperar. Mirá, si no, estaría planeando el fin de semana irte con un hombre y no conmigo de viaje.
—¿A dónde vamos? Mirá, salgo el viernes al mediodía y entro hasta el martes.
—¿Cómo así?
—Sí, voy a sacar el lunes de vacaciones. ¿A dónde querés ir?
Me río. Nos ponemos a ver boletos, habitaciones, todo.
Gracias a Dios por Alice, por Anastasia, el amor de las amigas, por haberlas encontrado.
Me quedo con mis papás los dos siguientes días. Estoy esperando a mis hermanos para llevarlos al cole. Mi mamá viene de su guerra personal contra tener hijos varones no olorosos; mi hermana la ve con una mirada de pena, pero no deja de maquillarse. Yo veo a mi hermana porque se lo está pasando bomba con su sesión de maquillaje. Mi mamá ve a mi papá, quien está leyendo el periódico en el iPad mientras se prepara el desayuno.
—Leonel.
—Mi amor —la llama, y él le da un abrazo, le acaricia la espalda y le da un beso. Mi mamá está tensa, pero se relaja un poco entre los brazos de su esposo, sonríe y le pide que hable con mis hermanos—. Lay, está como complicado.
—Será más incómodo si lo hago yo.
—Yo les ayudo. ¿De qué les quieren hablar?
—Ah, te funcionó el conducto auditivo, preciosa, porque llevo tres veces que te digo que no te maquilles para el cole —dice mi papá, y mi hermana se ríe.
Mi mamá suspira y la manda a lavarse la cara. Es maquillaje contra agua, nada le va a pasar.
—Demasiado blush —la acuso, y me ve incrédula.
—Recordá que yo voy al frente.
—Sí.
Se quita un poco de blush, la verdad, y mi mamá les grita a mis hermanos que todo está listo para que se vayan.
—¿Los vas a mandar sin desayunar? —pregunto.
—Que coman en el auto. Que no coman me tienen mal, no dura nada en esta casa.
—Mamá, suena a que no nos querés —se queja Kamal, y mi mamá rueda los ojos.
—Quiero que sean responsables, los cinco. Eso quiero yo.
—Mamá, ¿quién era responsable a mi edad, tú o mamá?
—Que tengas un precioso día, Gabriel, de verdad, que Dios te bendiga y te ilumine —le dice mi madre, ya harta.
Les estrecha su lonche a los tres: unas tostadas en una servilleta y un yogurt para ir al colegio. Los tres extienden la mano hacia mi papá; este les recuerda que ya les dio dinero. Mi hermana ni se despide porque ocupa cuidar su espacio en el auto. No se despide y tampoco lleva su bolso, pero le ayudo: le llevo las cosas y los llevo al colegio. Luego me voy a desayunar con Anastasia al hospital.
La encuentro con un hombre que podría ser su abuelo… bueno, su papá. Muy mayor se ve el tipo, y ella se ríe. Las dos nos reunimos mientras caminamos a la cafetería.
—Ese va por su tercer divorcio.
—Está en su quinto matrimonio, pero él jura que no es feliz y yo le coqueteo un poquito de vez en cuando. Me invita a cirugías.
—Suena a Pretty Woman, pero si el tipo hubiese sido su abuelo y regordete.
—¿Ves cómo sí eres clasista? —las dos nos reímos.
Nosotras pedimos un desayuno cargado. Nos echamos un chismesito por aquí, otro por allá.
Nos vamos de viaje unos días después, las tres juntas, y de verdad que sí se me reinicia un poco la vida. Se me sana el corazón y la mente se calma. Es como la sensación de vergüenza, de confusión por la forma en la que terminaron las cosas. Teodore me llama una vez al día, manda correos tres veces al día y WhatsApp todo el día. No lo contesto, no vale la pena. Pero a veces la madurez esa de la que la gente habla, a veces crecer o entender, toma el aprendizaje de momentos que se sienten vacíos, tristes y solos.
Cuando regreso a casa, mamá está despierta. Está sentada tomando té y leyéndose un libro en el sofá. Me mira divertida y deja el libro para hacerme espacio a su lado. Me acuesto con ella, me acaricia la espalda y me pregunta por mi viaje de chicas.
—Estuvo muy bonito, fuimos a bucear, demasiado bonito, ¿sabés?
—Qué bueno que lo disfrutaste.
—Sí.
—Estaba hablando con Kamal, y los dos creemos que podrías liberar un poco la agenda, quedarte unas semanas aquí y otras con ellos antes del entrenamiento militar. Te echaremos mucho de menos.
—¿Vas a ir a verme?
—Llevo tres años asistiendo a actividades militares para que cuando estés ahí se vea “natural” en mi agenda —reconoce, y me río.
—¿Me vas a llamar? ¿Voy a tener privilegios?
—No privilegios, órdenes de tu padre y tu abuelo.
—Siento que a veces se pasan conmigo.
—No, mi amor, somos justos contigo porque queremos que sea fácil para ti —dice, y yo niego con la cabeza.
—Para mí no será fácil nunca —le digo—. Tú no tuviste entrenamiento militar, te eligieron un marido y conseguiste otro, el pueblo te adora. Yo tengo que ir a embarrarme de lodo, trabajar el doble por todo, pensar en un marido para el reino o quedarme sola.
Se me escapan las lágrimas.
—Leonor, tú nunca vas a estar sola —me dice con calma mi mamá—. Y de estar sola a estar con el hombre equivocado, te aseguro que querés estar sola, viajando con tus amigas, mimada en casa de tus papás, gastando como loca sin que nadie opine. Yo estuve casada sin estar enamorada y fue como estar en la cárcel. No fui a la milicia y mi hermano, la persona con la que compartí y a quien amé muchísimo, me golpeó. Pasé con un hematoma cerebral por meses después de eso. El pueblo no me amó siempre; me amaron cuando entendieron que sin mis acciones se hubiesen muerto muchos más de sus hijos, hermanos y esposos. Mi historia no es más fácil ni más difícil, es diferente, y por eso te estamos dando todas las herramientas. Si tú decides que no quieres hacer el entrenamiento militar, tu papá y yo te apoyamos. Es tu decisión. Si decides que quieres casarte y descubres que elegiste mal y necesitas divorciarte, ahí estaré. Y siempre que pueda aprobar o desaprobar a un hombre que quiera tener tu corazón, voy a aprobar y desaprobar, porque yo te hice, Leonor. Yo te amé primero, yo te crié y quiero lo mejor para ti siempre.
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