Juntitos
La gente dice que en el mar la vida es más sabrosa, pero el campo, el campo es paz. O sea, te levantas rodeado de animales, a quienes nutres y cuidas como de la familia. Andas de aquí para allá y cuando te das cuenta es mediodía y hay comida un montón, porque llevas el día trabajando y comiendo de los árboles.
—Mira, los caballos me quedaron guapísimos —comenta Leyla, y mi papá ve los caballos en cuestión. Ella ha puesto a los trabajadores a cepillarlos, porque la conocemos, y les ha hecho trencitas, les puso colas. Ay, Leyla… Papá le da un beso en la frente y le dice que están muy estéticos. Nosotras dos aplaudimos y mi hermana da saltitos.
—Vamos, vamos, te amo.
—Mi amor, pero tu tarea era peinarlos.
—Los peiné, papá.
—Señor, esta vez sí ella los peinó —le dice el de los establos, y mi hermana sonríe orgullosa de sí misma.
—Mi hija la trabajadora —la felicita mi papá—. Mañana bañas a los chanchos.
—¿No eran vacaciones? —pregunta, y nosotros nos reímos.
—No, pero la finca es tuya y de tus hermanos.
—Algún día yo voy a tener un marido y él hará mi parte —mi papá y yo nos reímos.
—Voy a ser muy estricto con los maridos porque ustedes dos no quieren manejar sus cosas, luego salen con esposos ladrones.
—Sí, papá. A mí búscame un marido para no tener que pensar mucho —me río mucho más—. Me arreglan un matrimonio, voy a hablarlo con mi mamá —dice y comienza a gritarle—: ¡mami!
Mi mamá se voltea y la ve un par de segundos. Habibi y Kamal tienen cuchillos en la mano y se ponen a jugar espadachines. Mi mamá los ve incrédula y les recuerda que tenemos que comer.
—Es una ensalada, ¿qué les cuesta?
—Sí, qué bárbaros, yo hice el arroz —comenta Gabriel, y mi papá se ríe porque algo va a salir mal con eso.
—Mami, estaba pensando y tal vez tú quieras tomarte la tarea de buscarme un esposo —mis hermanos dejan lo que están haciendo y se acercan para escuchar mejor.
—¿Por qué, Leyla?
—Ay, yo solo quiero alguien bueno, responsable, que me adore y haga todo por mí.
—No estás en edad de casarte —le dicen sus hermanos.
—Ya sé, pero tiene tiempo de ir buscando.
—Mamá, dile que no.
—Obviamente la respuesta es no. Vas cumpliendo con tus tareas y te despiertas, porque así no funciona la vida. Tienes que saber cómo defenderte, cómo manejarte, Leyla, de verdad. Y cada uno tiene el derecho de elegir a su marido o a su esposa, pero bien, con la cabeza, no con otras partes del cuerpo.
—¿Tú estabas usando la cabeza cuando elegiste a mi papá? —pregunta mi hermano, y yo niego con la cabeza. Mi mamá se gira.
—Por supuesto. Tu papá es hijo de políticos, es un hombre económicamente independiente y exitoso cuando lo conocí. Tenía un nombre, una carrera, no me necesitaba para nada en la vida y me apoyaba en todo lo que yo quisiera. Así que sí, me lo pensé, y también me enamoré, y me voy a quedar con él toda la vida. Porque cuando eres dueña de un país y de miles de vidas y oro y dinero, cualquiera quiere sentarse a tu lado y decirte cómo gastar, cómo invertir, cómo vivir. Esas son las cosas que tienen que pensar cuando sean mayores y se les desarrolle el cerebro. Volvemos a hablar de esto.
Mi mamá y sus momentos psicóticos. Almorzamos una hora más tarde porque mis hermanos hablan demasiado, se les olvida todo. Algo quemadito y pasado de cocción. Mi papá le da la mano a mi madre y le da un beso en los nudillos, luego le susurra algo en el oído y ella sonríe.
—¿Quién va a dar gracias?
—Leonor —dicen mis hermanos. Frunzo el ceño y asiento mientras les tomo de las manos.
—Gracias, Dios, por la comida caliente, bien cocida, sabrosa, que las manos bendecidas de mi madre y mis hermanos han preparado. Gracias por la oportunidad de compartir, de comer, de vivir. Señor, gracias por este hermoso momento en familia. Gracias por mi papá y mi hermana, quienes han trabajado, y gracias por darme la oportunidad de orar. Amén.
Mis hermanos se están riendo y mi mamá les reparte un manzanillo, y ahora yo me río.
—Casi no termina.
—Lame huevos, no quería agradecerle a Dios por la gallina que puso el huevo para el almuerzo.
—También, Señor, y la gente que cultivó estos alimentos. Amén, ahora sí.
—Así es como se ora —mi mamá lleva quince años peleando por la raíz de la comida. Yo simplemente puse atención. Ella, cuando ora, le da gracias a Dios por todos en la mesa. Mis hermanos quieren decir: “Gracias, Dios, por la comida” y hartar. Lo importante es que mi mamá se sienta en paz, conforme, y ellos no lo entienden aún.
—Mamá, papá, cuenten de nuevo cómo se conocieron —pide Leyla, y mis papás se ríen.
—Pero ya tú lo sabes.
—Ay, cuéntanos de nuevo.
—Su mamá me robó la mesa y pensé: es muy bonita, y se veía atormentada, así que pedí todo lo que Ralph no me deja pedir. Conversé con ella y antes de que llegara el café quería todo, una vida con ella.
—Yo me tuve que tomar el café —reconoce mi mamá, y mi papá se ríe. Ella le llena de besos—. Pero no entiendo por qué la dejaste ir.
—Mi amor, no conoces a una chica guapa e inteligente y la amarras sin saber si está sólida.
—Mamá, ¿y qué pasó luego de la cena?
—Mi hermano vino por mí, me tocó volver al palacio.
—¿Te fuiste bajo tu voluntad? —pregunto, y ella niega con la cabeza.
—Fui golpeada y secuestrada, cautiva en mi propio palacio. Luego me golpearon y torturaron por días y finalmente escapé con ayuda de los empleados. La mayoría fallecieron por ayudarme, y tu abuelo y tus tíos me abrieron las puertas de su reino. Por eso les insisto en que tienen que amarse mucho. Su hermano no puede ser su mayor enemigo.
—Bueno, como hermano mayor de Leonor —dice Gabriel y todos nos reímos—, no estoy de acuerdo con que la presiones para reinar. No me parece lo de la milicia, mamá. O sea, mira a mi hermana —dice y me señala.
—Sí, mamá, te estás pasando, eh —le informa Kamal.
—Gracias por defenderme, aprecio su apoyo y sus comentarios, pero es algo que tengo que hacer. Son dos o tres años —respondo y estiro mi mano hacia ellos. La toman, mi mamá y mi papá también—. Gracias por nunca dejarme sola.