Hombres

¿Cómo traicionas a tu mamá, la mujer que te ha dado la vida y te ha salvado la vida cuando necesitaste? ¿Por mensaje de texto? ¿Llamada? ¿Videollamada?

Leonor
—Mamá, ¿estás despierta, mami?

Layla
—Claro, Leonor, dime.

La llamo, ella contesta de inmediato. Suena preocupada, entra y hace las preguntas de rigor: ¿pasó algo?, ¿estás bien?, ¿Qué quieres?

—No, mami, no... yo quería saber si tenías planes conmigo cuando fuese a Mainvillage.
—Estoy ilusionada de verte, pero suena a que no vas a venir.
—Bueno, mami...
—Ay, Leonor, ¿a dónde vas?
—No sé.
—¿Cuándo será que dejes de creer en los hombres?
—En mi próxima vida me uno a un convento o me hago lesbiana.
—Tú necesitas dosificarte, hija. Vas y se lo das todo al primero que pasa, necesitas disminuirte.
—No estoy enamorada, solo estoy en buena compañía.
—He leído cosas, por no decir que hablé con tu padre y con tu mamá.
—Sí, pero Terrance es solo un amigo.
—Bueno, vea divertirte, Leonor —responde.
—No deberías estar dormida.
—Estoy esperando a tus hermanos en la oscuridad para regañarlos —comento y ella se ríe, y yo también—. Te extraño, te amo y quiero que te diviertas. Si algo aprendí de mi historia es que postergar el amor y la felicidad no son la mejor decisión.
—Te amo.
—Te amo, diviértete y me escribes.
—Te adoro.

Regreso a la cama. Él tiene el computador en el regazo y le pregunto cuál es el plan. Me acaricia el rostro y me da un beso en los labios.

—Sexo en la ducha, luego ducharnos, luego ir de shopping, después nos vamos al aeropuerto, y de ahí el destino es felicidad desbordante y absoluta.
—Wow... —comento divertida.

Es que hay algo maravilloso en tener un hombre de 1.80 dando vueltas por la vida, simplemente eligiendo ser libre y feliz, que si chancletas, blusa pelada, un abrigo, miles de vestidos de baño, lencería, joyas, y esas maneras de hacerme sentir que acabo de darle una follada espectacular, pero no me niega el privilegio de recibirlas, ¿por qué no?

Sepan que es como ganarse la lotería, sí, así se siente.

Porque me subo a un avión y no sé a dónde vamos o por qué vamos. Simplemente disfruto de ir, de venir. Terrance habla de ir a un resort versus ir a una casita privada y le aseguro que no hago nada en mi casa. Él eleva las cejas y me promete conseguir servicio.

No sé si es coincidencia o si es la vida insistiendo en llevarme a uno de los lugares más mágicos, pero estamos de vuelta en uno de mis lugares felices, donde hay sol, montaña y mar, y esta parece más la casa familiar de los Rockefeliz. Gracias a la vida, Terrance me asegura que hay empleada y, desde que llegamos, tiene de todo para alimentarnos: desayuno, almuerzo, cena por si tenemos hambre. Él me mira divertido y me pregunta qué prefiero.

—Necesito bañarme, ponerme un pijama y comer de todo un poquito, porque se ve buenísimo.
—¿Tú qué planeas comer?
—De todo —respondo.

Los empleados llevan las cosas a la habitación principal. Terrance se acerca, me da un beso suave en los labios y me carga hacia nuestra habitación. Le recuerdo que hemos dormido mal, comido mal, y que nos merecemos más que placer: comida. Se ríe y yo hago la maleta para desempacar lo necesario. Él saca del armario un par de pijamas y me asegura que su mamá tiene más pijamas del hotel que cualquier cliente o empleado.

—Qué rico, por Dios.
—Sí.

Bajamos a comer en pijama. Terrance me mira sorprendido y yo sonrío antes de contarle:

—Vivimos en Costa Rica todo el embarazo de mi mamá, con Leonelcito cuando era una mente pecaminosa. Este es tu país del pecado.
—Sí —respondo—, aparentemente.

—Señor, ¿se ha casado? —pregunta la empleada y él se ríe.
—No llames a mi madre a decirle eso, tengo una amiga con quien estoy compartiendo mi tiempo —responde.
—Estamos muy enamorados, pero es prohibido.
—¿Por qué? Al señorito solo hay que casarlo, él es desposable, está en edad.
—María, de verdad...
—De verdad, cásese, señor, su mamá ya se está preocupando.

Yo me río y la mujer se va con el trapo en el hombro. Él ahora me explica que solía ser su niñera de pequeño y la de sus hermanos. Cuando dejaron de vivir con sus padres, en lugar de despedirla la reubicaron en una casa en la que estuviera feliz. Ahora le pagan por cuidar la casa y atenderlos esporádicamente cuando visitan.

—Tienen varios de estos.
—Mi papá tiene una casa familiar en cada lugar en el que tiene un hotel y tiene un hotel por hijo.
—Entonces, ¿Qué heredó tu hermano?
—Los hoteles son de mi papá. La herencia de mi hermano son las empresas petroleras de mi abuelo. Todos los demás recibimos un porcentaje, él es dueño de la mayor parte.
—Interesante.
—Sí.
—Mi papá cree en lo mismo que tu abuelo: hay que tener un fondo común, pero cada uno merece lo suyo —comento.

Él asiente y sonríe mientras me acerca unos plátanos.

—Esto está espectacular.
—Soy tan exigente con la comida como lo soy en la cama.

Su nana lo escucha, rueda los ojos, niega con la cabeza y nos deja un postre en la mesa a cada uno. Le da a Terrance un golpe con el limpión y se va murmurando algo sobre casarse. Yo me río y me inclino un poco hacia él. Se ríe y me da un beso corto en los labios y me asegura que tengo que probar ese postre sí o sí.

Yo me la paso tan bien, la cena como en la noche, descanso de lo lindo. No hay problema, estoy justo donde quiero estar, al otro lado del mundo, sin ninguna responsabilidad más que despertarme o dormirme.

Después de dos semanas entre el mar, el sexo, el clima y las bellezas que se nos presentan día con día, es innegable: me puedo acostumbrar fácilmente.

¿Para qué voy a mentirles? Estoy con quien quiero estar. Un hombre sin presiones, divertido, dulce, entretenido a rabiar. Estamos acostados debajo de una carpa, mientras tomamos pipas frescas que él bajó. Me mira mientras se come un poco del coco y me pregunta:

—¿Qué tan aventurera eres, Leonor?
—Bueno, estoy aquí —respondo y me giro hacia él—. ¿Qué tienes pensado?
—No sé, hay un lugar para tirarse en canopy y pensé en ir a hacer paracaidismo.

Yo asiento. Él sonríe, me dice que está listo para ir a hacer todo eso, incluso cabalgar si quiero. Sonrío y dejo el coco antes de tomarle la mano e ir hacia el mar. Terrance sonríe, se ve bronceado, relajado. Me pregunta si quiero ir a conocer algún lugar o si quiero hacer algo más. Niego con la cabeza mientras vamos sumergiéndonos poco a poco. Le beso en la comisura de los labios, en el cuello. Él me carga y yo le beso en los labios. Él suspira y me come la boca mientras sus manos traviesas me acarician hasta donde cubre el agua. Me separo un poco para asegurarme de que no hay nadie viendo.

—Eres perfecta —dice.
—Lo soy —respondo.

Y él me mira embobado antes de volver a asentir.