¡Cambios!
Previo a mi entrenamiento militar, tenía que dejar cosas listas; por ejemplo, los proyectos que dirijo con fundaciones, proyectos que quiero iniciar o retomar después, y temas familiares. Así que me senté con mi mamá y la obligué a mirarme a los ojos.
—¿Recuerdas cuál es mi palabra de seguridad?
—Sí, Leonor, ¿qué pasa?
—Abanico. La estoy diciendo: abanico.
Mi mamá vio la oficina y luego a mí, porque estábamos solas las dos, pero entendía que para mí era un tema serio, importante y de alta urgencia. Se puso en pie, se asomó por la puerta para asegurarse de que no estuvieran mis hermanos, cerró las ventanas y las cortinas, encendió la luz y puso el extractor de olores a sonar por si nos estaban espiando.
—Necesito que te lleves a Sol, de intercambio, a casa o los convenzas de enviarla fuera del país.
—¿Por qué?
—Lo que voy a decirte, mamá, es abanico en nivel 4.
Ella rueda los ojos y asiente.
—Es privado y no debo repetirlo.
—Correcto. Sol es lesbiana y tú sabes cómo es mi papá.
—Sí, sé, sí —responde, suspira agobiada—. Vale, me haré cargo. ¿Qué dice Selene?
—Creo que no sabe, y mi hermana no sabe que tú y yo estamos teniendo esta conversación. No es para que le diga nada, es para que pueda irse y ver gente con diferentes estilos de vida y entender que ella también puede ser diferente y amada.
—Es una gran responsabilidad, Leonor, y es un poco una traición a la confianza de una de mis más íntimas y nobles amigas.
—Bueno, estás ayudando a su hija.
—Sí, pero ella debería saber esto y poder apoyar a su hija. ¿Tú estás segura o crees?
—Estoy segura de que mi hermana cree eso.
—Bueno, voy a intentar ayudarte, Leonor, pero tengo un vínculo con mi amiga Selene, y amo a Kamal. No siento que quitarles la oportunidad de ser buenos papás sea correcto.
—Mamá, no quiero que mi hermana se suicide, ni nada parecido. Miro un par de segundos y toda la mesa me está mirando, mi abuelo incluido. Quiero que se case feliz con una chica guapa y un poco masculina.
Mi mamá rueda los ojos.
—Y que todo lo que ella quiera se cumpla. Tu misión el próximo año es cuidarla, hacerla feliz, y ya veremos después con los papás.
Mi abuelo me presenta a mi equipo de seguridad esa misma tarde: el que va a acompañarme encubierto en la academia, la gente que se ha estado preparando para servir durante mi entrenamiento. Hacemos una cena, los escucho con sus promesas, sus sueños y sus deseos. Uno de ellos pregunta:
—Majestad, ¿qué clase de líder desea ser?
Yo no esperaba la pregunta, pero lo veo a los ojos. Veo que los siete hombres en la mesa están esperando una respuesta. Mi abuelo eleva las cejas y me anima a hablar. Yo asiento y sonrío antes de decir:
—Bueno, todos queremos ser el mejor líder posible, pero me gustaría ser asertiva, eliminar las rebeliones, procurar por el pueblo, que se disminuyan los crímenes que tenemos actualmente. Me gustaría más libertad, riqueza distribuida entre los nuestros en lugar de en manos extranjeras.
Mi abuelo me hace una seña con el tenedor para que pare, y yo sonrío.
Los jóvenes asienten satisfechos por la conversación.
Mis padres me preguntan al día siguiente cómo se llaman y, la verdad, no sé; era una cena.
—Son tipos muy amables.
—Oh, Leonor, no es posible que no te aprendieras ni los nombres —se queja Amir—. Era una doble oportunidad: tú ligabas y de una vez te protegían; ni para eso —se queja a mi lado, y le majo el pie.
—Leonor, necesitamos que veas esto como una oportunidad de afianzar relaciones con militares —comenta mi madre, y yo asiento.
—Bueno, yo fui por la comida —comento, y mi tío Amir se ríe a carcajadas. Mi mamá y mi papá niegan con la cabeza.
—No tengas hijos —le dice mi padre a mi tío Amir.
—Sol hoy me acompañó a un evento, muy divina; me presentó a todos, sabía quién era todo el mundo.
—Te lo juro que si me sale con que no quiere reinar me saco el corazón del pecho ya de una vez por todas.
—Kamal, te quería hablar de mis ahijados —comenta mi madre, y él la rodea con su brazo.
—Sí, Layla —responde y la mira divertido.
—Especialmente Sol, pero Jami también. Creo que necesitan un poco más de exposición en la vida, más que los tutores en casa real: ir al colegio, enfrentarse a sus pares, la disciplina de ir todos los días. El colegio de los chicos tiene un equipo de debate y Naciones Unidas impresionante; Sol lo necesita.
—¿Tú y Leonel pueden con seis adolescentes?
—Leonel y yo podemos con los trillizos; creemos que podemos contra todo —los dos se ríen—. Hablemos más tranquilos con Selene más tarde.
—Selene y yo hablamos hoy en la mañana; parecía interesada, pero sabes cómo a veces tú la iluminas.
—Qué manipuladora eres, Layla —se queja y se ríe; ella también.
—Nos vemos en la cena, querido —responde y se pone en pie. Me hace una seña para que la siga.
Yo me veo con mis hermanos y les recomiendo decir que se mueren por ir a vivir a Manvillage. En realidad, los dos se ven muy listos para irse de casa. Me río de los dos y de su felicidad indiscriminada, los lleno de besos y les repito que todo va a estar bien.
Las siguientes semanas son raras: es como que sientes que te has hecho mayor, que la vida se te va o que algo malo está por pasar. Estoy nerviosa, no duermo bien, no como bien, me lo paso fatal. Pero finalmente llega el día. Me pongo el uniforme, me peino y bajo al primer piso. Mi familia me espera; mis tíos, mi abuelo y mi padre llevan sus trajes militares. Me dejan despedirme de todos.
—No puedo abrazar gente y llegar con los ojos rojos. Los amo mucho, los amo más. No me vean con esos ojos. Layla, te encargo a Sol, no la arruines. Sol, diviértete un poco. Trillizos, no ayuden a Jamal, no lo ayuden en estupideces; tienen como mi título de hermana mayor que utilizar para bien. Los amo. Jamal, contrólate y no marees a mi mamá, ella sí está loca. Los grandes no vayan a muchas fiestas ni se lo pasen bien sin mí. Díganle a Alice y a Anastasia que, obvio, les mandé un mail con instrucciones detalladas. Abuelo, prohibido morirse y esas cosas. Y tú sigue con tu tinte y tu bótox —les digo y les lleno de besos, pero no la dejo abrazarme.
Les lanzo besos a cada uno de mis tíos y le doy un beso a mi mamá en la mejilla, le acaricio los brazos porque no puedo controlar el llanto si me abrazan. Lo mismo con mi papá: le lanzo un beso y ya estoy sollozando. Mi papá me toma del brazo y me saca de la casa antes de que me arrepienta. Le pido viajar en un auto sola.
Mi papá, Leonel:
—No voy a decir nada porque capaz te secuestro —me advierte—, pero yo tengo un ejército listo para rescatarte cuando quieras.
Se me caen unos lagrimones enormes de los ojos. Trato de contenerme el resto del camino, pero no sé; siento que, simplemente, una parte de mí acaba de morirse.
No tengo ni idea de cuanto, pero todo está por cambiar.